Stonehenge: el monumento que nadie sabe explicar del todo
Piedras llegadas de 280 kilómetros, alineaciones solares confirmadas y una civilización anónima que trabajó durante mil quinientos años. Lo que sabemos y lo que seguimos sin saber de Stonehenge.
Crónica de Tarotgratuito.net
Stonehenge es, probablemente, el monumento más fotografiado y menos comprendido del mundo. En la llanura de Salisbury, al sur de Inglaterra, un círculo de piedras colosales lleva en pie desde hace cinco mil años, sin que nadie haya podido responder todavía con certeza a las tres preguntas más básicas: quién lo construyó, cómo y para qué. Lo que sí tenemos es una acumulación impresionante de datos arqueológicos, experimentos físicos y hallazgos recientes que permiten separar lo que la ciencia sabe de lo que pertenece aún al terreno de la hipótesis.
Las piedras vienen de muy lejos
El primer hecho que conviene establecer con claridad es la procedencia del material. Stonehenge no es un monolito uniforme: está construido con dos tipos de piedra de origen completamente distinto. Las piedras más grandes, las llamadas sarsens, son areniscas de silicio que proceden de Marlborough Downs, en las colinas al norte del sitio, a unos treinta kilómetros de distancia. Cada una de estas piezas puede pesar más de veinte toneladas; la mayor, conocida como el Talón, supera los nueve metros de altura.
Pero las piedras más pequeñas, los llamados bluestones o piedras azules, plantean un problema logístico mucho más difícil. El análisis geoquímico publicado en los últimos años ha podido rastrear su origen con gran precisión: las Preseli Hills, en el oeste de Gales, a unos doscientos ochenta kilómetros de Stonehenge. Transportar bloques de hasta cuatro toneladas a esa distancia, cruzando ríos y terreno accidentado, sin ruedas, sin poleas y sin bestias de carga, es una hazaña que todavía desafía a los ingenieros modernos.
Los experimentos con grupos de voluntarios, diseñados para reproducir técnicas prehistóricas, sugieren que es posible mover estos bloques usando trineos de madera y rodillos, o mediante balsas en los tramos fluviales, siempre que se disponga de suficiente mano de obra coordinada. Lo que los datos confirman es que los constructores lo hicieron: las piedras llegaron. Lo que no podemos afirmar con certeza es el método exacto que utilizaron, porque no existe ningún registro escrito ni representación visual de la operación.
La alineación solar: lo que sí está confirmado
Uno de los pocos aspectos de Stonehenge sobre los que existe acuerdo científico sólido es su alineación astronómica. El eje principal del monumento apunta directamente hacia el punto en el que el sol sale durante el solsticio de verano, el día más largo del año, y hacia el punto en que se pone durante el solsticio de invierno. Esta alineación no es una coincidencia: se ha calculado que es estadísticamente imposible que ocurra por azar, y las observaciones directas la confirman año tras año.
En el amanecer del solsticio de verano, el primer rayo de luz penetra por la entrada del monumento y alinea el talón de piedra con el centro del círculo. Cinco mil años después de su construcción, la maquinaria funciona.
La precisión de esta alineación ha llevado a muchos investigadores a sostener que Stonehenge funcionó, entre otras cosas, como un calendario monumental, un reloj del año que permitía a sus constructores marcar con exactitud los puntos de inflexión del ciclo solar. Esta hipótesis es la más respaldada por los datos disponibles, aunque conviene añadir que no excluye otras funciones simultáneas.
Lo que no sabemos: quién y para qué
La pregunta sobre quién construyó Stonehenge tiene una respuesta clara y a menudo sorprendente para el gran público: no fueron los druidas. Esta asociación, popularizada desde el siglo XVIII, no tiene ningún fundamento arqueológico. Los druidas, tal como los describe Julio César en sus crónicas de las guerras galas, son un fenómeno de la Edad del Hierro, anterior a nuestra era pero posterior en varios milenios a la construcción del monumento. Cuando los druidas aparecieron en escena, Stonehenge llevaba ya más de dos mil años en pie.
Los constructores del monumento pertenecen a culturas neolíticas y de la Edad del Bronce sobre las que sabemos muy poco, porque no dejaron escritura. Los análisis de restos humanos hallados en el entorno revelan que el lugar fue utilizado como cementerio durante siglos, con al menos doscientos individuos enterrados en su área. También se han encontrado evidencias de grandes banquetes rituales en las cercanías. Pero los detalles del sistema de creencias que motivó semejante esfuerzo constructivo, sostenido durante generaciones, permanecen fuera de nuestro alcance.
Las hipótesis sobre su función son varias y no son mutuamente excluyentes. La de calendario astronómico está bien respaldada. Otros investigadores proponen que sirvió como lugar de curación o de peregrinación: el análisis de los restos humanos indica que muchos individuos enterrados allí procedían de regiones lejanas, lo que sugiere que el sitio tenía un poder de atracción que alcanzaba buena parte de la isla. También se ha sugerido que podría ser un templo dedicado al culto de los ancestros, donde los vivos se ponían en comunicación con los muertos en los momentos de transición solar.
El hallazgo de 2020: el círculo que rodea a Stonehenge
Precisamente cuando la investigación sobre Stonehenge podría parecer agotada, un descubrimiento publicado en 2020 volvió a sacudir el campo. Un equipo de arqueólogos trabajando en el Proyecto del Paisaje de Stonehenge anunció la detección de lo que se ha bautizado como los "Durrington Shafts": una serie de al menos veinte grandes pozos dispuestos en un círculo de unos dos kilómetros de diámetro, centrado en el cercano yacimiento de Durrington Walls, y que envuelve tanto este sitio como el de Woodhenge.
Cada uno de estos pozos tiene entre diez y veinte metros de diámetro y entre cinco y diez metros de profundidad, dimensiones muy superiores a las de Stonehenge. Los investigadores calculan que excavarlos requirió un esfuerzo colectivo de primer orden. Lo más notable es que no habían sido detectados antes porque están enterrados y resultaban invisibles en las prospecciones convencionales: fueron localizados mediante técnicas de teledetección y prospección geofísica no invasiva.
La función de estos pozos es todavía objeto de debate. Su disposición circular alrededor de Durrington Walls, que se sabe fue un gran asentamiento de los constructores de Stonehenge, sugiere que podrían haber servido como marcadores rituales del límite entre el espacio sagrado y el ordinario. Algunos investigadores proponen que podrían ser trampas para animales a escala monumental. Lo que el hallazgo demuestra, sin ninguna duda, es que el paisaje sagrado alrededor de Stonehenge era mucho más extenso y complejo de lo que habíamos imaginado.
El tiempo como ingrediente
Uno de los aspectos menos discutidos pero más reveladores de Stonehenge es su duración. El monumento no fue construido de una vez, sino en varias fases que se prolongaron durante aproximadamente mil quinientos años, desde alrededor del 3000 hasta el 1500 antes de Cristo. Las primeras obras fueron estructuras de tierra y madera; las piedras llegaron después, en oleadas sucesivas de construcción, modificación y ampliación.
Esto significa que generaciones que nunca se conocieron, que hablaban quizá lenguas distintas y tenían costumbres que evolucionaron durante siglo y medio, compartieron sin embargo un proyecto común. El monumento fue heredado, completado y transformado. Esta continuidad a lo largo de un tiempo tan vasto es en sí misma un dato asombroso, y quizá la pregunta más difícil de responder: ¿qué es lo que mantuvo viva, durante sesenta generaciones, la voluntad de seguir construyendo?
Stonehenge no es el misterio que la fantasía popular imagina, plagado de teorías sobre civilizaciones perdidas o intervenciones extraterrestres que los arqueólogos ocultan. Es algo más desconcertante y más estimulante: un documento auténtico de la capacidad humana para el esfuerzo colectivo y el pensamiento simbólico, escrito en piedra por personas que nunca aprendieron a escribir y que, sin embargo, nos transmitieron algo que todavía no hemos terminado de leer.