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Lugares de poder · 5 min

Monte Perdido y los Pirineos: cromlechs y leyenda templaria

El tercer pico más alto de los Pirineos tiene una historia prehistórica documentada desde el Paleolítico Superior. Los cromlechs de Huesca son únicos en la Península Ibérica, y el arte rupestre del Río Vero es Patrimonio Mundial de la UNESCO.

Crónica de Tarotgratuito.net

El macizo de Monte Perdido, en el corazón de los Pirineos aragoneses, alcanza los 3.355 metros de altitud y es el tercer pico más elevado de la cordillera. Su nombre, que parece invitar a la leyenda, tiene en realidad una explicación geográfica prosaica: el macizo calizo permanecía oculto y "perdido" a ojos de los cartógrafos hasta que fue ascendido y descrito por el geógrafo Louis Ramond de Carbonnières en 1802. Pero la historia humana del lugar es mucho más antigua y mucho más documentada de lo que suele creerse.

Presencia humana desde el Paleolítico

Los yacimientos arqueológicos de la comarca de la Hoya de Huesca y del Prepirineo aragonés atestiguan presencia humana desde el Paleolítico Superior, esto es, desde hace aproximadamente 18.000 años. Las condiciones climáticas de la última glaciación hacían del Pirineo un entorno hostil para los grandes asentamientos, pero los grupos de cazadores-recolectores utilizaron sus valles como corredores de paso y sus abrigos rocosos como refugio temporal.

El testimonio más extraordinario de esa presencia es el arte rupestre del río Vero, concentrado en los abrigos de Colungo, Lecina y Barfaluy, en el término municipal de Alquézar (Huesca). Estas pinturas y grabados, que abarcan un período que va desde el Paleolítico Superior hasta la Edad del Bronce, fueron declarados Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1998 como parte del conjunto "Arte rupestre del arco mediterráneo de la Península Ibérica". Las representaciones incluyen figuras humanas, animales, escenas de caza y motivos geométricos de una riqueza y variedad que los investigadores llevan décadas estudiando.

Los cromlechs del Pirineo aragonés: una rareza peninsular

Menos conocido que el arte rupestre, pero igualmente documentado, es el conjunto de estructuras megalíticas pirenaicas. En la comarca de la Jacetania y en los puertos altos de la provincia de Huesca se conservan cromlechs, esto es, círculos de piedras hincadas, que no tienen equivalente en el resto de la Península Ibérica. Estos monumentos, que datan de la Edad del Bronce y del Hierro (aproximadamente entre 2500 y 500 a.C.), se relacionan con los megalitos atlánticos de Bretaña, el sur de Inglaterra y las Islas Británicas, con los que comparten tipología y función probable —posiblemente funeraria o ritual.

El llamado "Cromlech de Raso de las Brujas", en las inmediaciones de Calatayud, y otros conjuntos similares en los valles de Ansó y Hecho representan un capítulo de la prehistoria pirenaica que la investigación arqueológica ha ido documentando desde los años ochenta del siglo XX. No son tan espectaculares como Stonehenge, pero su rareza en el contexto mediterráneo los convierte en testimonios únicos de las culturas que habitaron este territorio de frontera entre la Iberia atlántica y la mediterránea.

"Los cromlechs del Pirineo aragonés representan el extremo oriental de la cultura megalítica atlántica en Europa occidental." — síntesis de los estudios del Departamento de Ciencias de la Antigüedad, Universidad de Zaragoza.

La leyenda templaria: lo que hay y lo que no hay

El Pirineo aragonés es territorio frecuentado por la leyenda templaria. Las crónicas medievales y una larga tradición popular sitúan en estas montañas una de las rutas de huida de los Caballeros Templarios tras la supresión de la Orden por el papa Clemente V y el rey Felipe IV de Francia entre 1307 y 1312. El "tesoro templario" escondido en algún punto del Pirineo es un motivo recurrente en la literatura esotérica popular.

Conviene distinguir con cuidado lo que los documentos confirman de lo que pertenece a la especulación. Lo verificable es esto: la Orden del Temple tuvo una presencia real e históricamente documentada en Aragón. Los castillos de Castellote, Cantavieja y Monzón fueron fortalezas templarias de primera importancia; la Encomienda de Monzón fue uno de los núcleos más relevantes de la Orden en la Corona de Aragón. Estos hechos están registrados en los archivos y son objeto de estudio académico serio.

Lo que no existe, en cambio, es ninguna evidencia arqueológica o documental de un "tesoro templario" escondido en el Pirineo. La leyenda se alimenta de la rapidez con que se ejecutó la supresión de la Orden y de la confiscación de sus bienes, que generó la imagen de unos caballeros que habrían huido a tiempo con las riquezas de la Orden. Pero los inventarios que los agentes reales levantaron al intervenir las encomiendas templarias en Aragón, conservados en el Archivo de la Corona de Aragón, muestran que los bienes incautados eran considerables pero no enigmáticos: tierras, ganado, grano, objetos litúrgicos. No hay rastro de tesoros ocultos.

Un lugar que no necesita misterios prestados

Monte Perdido y el Parque Nacional de Ordesa, declarado Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1997 por su valor geológico y ecológico excepcional, albergan el mayor glaciar del Pirineo meridional español, un laberinto de cañones calcáreos de proporciones asombrosas y una biodiversidad que incluye especies endémicas de la cordillera. Su riqueza es real, documentada y accesible.

La zona es además un punto de contacto único entre culturas: la vasca, la aragonesa y la occitana se entrelazan en estos valles desde la prehistoria, produciendo una riqueza lingüística, folklórica y arquitectónica que los etnólogos llevan décadas estudiando. El Camino de Santiago en su variante aragonesa atraviesa esta comarca, vinculándola con la red de peregrinación medieval más importante de Europa.

El Pirineo no necesita tesoros inventados para ser un territorio extraordinario. Lo que la historia y la geología han depositado en él —arte rupestre de 18.000 años, círculos megalíticos sin paralelo en la Península, fortalezas templarias documentadas, el mayor glaciar pirenaico— es suficientemente extraordinario como para sostener la atención sin necesidad de añadir leyendas.

Fuentes y para saber más

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