La Catedral de Santiago de Compostela: la historia real de los huesos
La tradición venera desde el siglo IX los huesos del apóstol Santiago. El problema: no existe fuente del siglo I que confirme que predicó en Hispania. Las excavaciones de los años 40 y 90 encontraron una necrópolis romana bajo la catedral. El Camino tiene 1.200 años de historia real.
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En el año 830 d.C., el obispo Teodomiro de Iria Flavia anunció un hallazgo extraordinario en los bosques de Libredón, en el noroeste de la Hispania cristiana: la tumba del apóstol Santiago el Mayor, uno de los doce discípulos de Jesús. El hallazgo desencadenó la construcción de una iglesia, después de una basílica y finalmente de una de las catedrales más importantes de la Europa medieval. Generó el Camino de Santiago, la ruta de peregrinación más transitada del mundo cristiano durante siglos. Y planteó, desde el principio, una pregunta histórica que la teología y la arqueología han debatido con honestidad: ¿cómo identificar con certeza unos huesos que, si el apóstol vivió en el siglo I, habrían permanecido sin identificación conocida durante 800 años?
El problema histórico: Santiago en Hispania
Santiago el Mayor —Jacobo ben Zebedeo en su nombre hebreo— fue, según los cuatro evangelios, uno de los primeros discípulos de Jesús y fue ejecutado en Judea bajo el mandato de Herodes Agripa I, probablemente en torno al año 44 d.C. Ese hecho tiene una base textual sólida en los Hechos de los Apóstoles (Hch 12, 1-2), el único apóstol cuya muerte se narra con fecha aproximada en el Nuevo Testamento.
El problema surge con la tradición de su predicación en Hispania. No existe ninguna fuente del siglo I que confirme que Santiago viajó a la Península Ibérica. El argumento de silencio más citado por los historiadores es el de Pablo de Tarso: en su carta a los Romanos (Rom 15, 20-24), Pablo escribe que ha predicado donde Cristo no había sido anunciado y que tiene planes de ir a Hispania, un territorio que aún no ha sido evangelizado. Si Santiago hubiera predicado en Hispania con anterioridad, Pablo difícilmente habría escrito esto. La tradición de la predicación jacobea en Hispania no aparece en las fuentes hasta el siglo VI o VII, y su consolidación como historia establecida se produce precisamente en los siglos inmediatamente anteriores al supuesto descubrimiento de la tumba.
El descubrimiento de Teodomiro: el relato del siglo IX
La historia del hallazgo de los restos llega hasta nosotros a través de documentos redactados después del propio hallazgo, y los textos más detallados son del siglo XII o posteriores. Lo que parece establecido es que el obispo Teodomiro identificó en el año 830 un sepulcro en Libredón —el lugar donde hoy se asienta la catedral— y lo proclamó tumba apostólica. El rey asturiano Alfonso II mandó construir una iglesia sobre el lugar, inaugurando el papel de los monarcas asturianos y leoneses como protectores del culto jacobeo.
El contexto histórico es relevante. El siglo IX fue un período de consolidación del reino asturiano frente al Islam en la Península Ibérica. Contar con una tumba apostólica en territorio cristiano tenía un valor político y simbólico enorme: Santiago se convirtió en el patrón de la Reconquista, "Santiago Matamoros", una imagen que la historiografía actual analiza con distancia crítica pero que tuvo una influencia política extraordinaria durante siglos.
"La primera mención de una tumba del apóstol Santiago en territorio hispánico data del siglo IX, 800 años después de la muerte del apóstol." — síntesis de la investigación histórica.
La arqueología bajo la catedral: lo que encontraron las excavaciones
Las excavaciones arqueológicas realizadas bajo la catedral en los años cuarenta del siglo XX, dirigidas por el canónigo arqueólogo Manuel Chamoso Lamas, y las posteriores investigaciones de los años noventa encontraron los restos de una necrópolis romana y tardoantigua. La extensión de esa necrópolis, el tipo de enterramientos y los materiales recuperados la datan entre el siglo I y el siglo VIII d.C., lo que es compatible con la hipótesis de que el lugar fue un cementerio importante antes de que se le atribuyera significación apostólica.
Lo que la arqueología no puede hacer —y nadie ha pretendido razonablemente que pueda— es identificar los restos de una persona específica muerta hace 2.000 años sin documentación escrita contemporánea. Los huesos que se conservan en la urna de plata bajo el altar mayor fueron reconocidos en 1884 por el papa León XIII como reliquias apostólicas auténticas, reconocimiento que tiene un valor eclesiástico y para la fe de los creyentes, pero que no constituye una verificación histórica en el sentido de la disciplina histórica o arqueológica.
El valor que no depende de la autenticidad
La pregunta sobre la autenticidad de los huesos es legítima e históricamente pertinente. Pero la historia del Camino de Santiago —y de la ciudad que creció a su alrededor— tiene un valor que no depende de la respuesta a esa pregunta.
El Camino existe, de forma documentada e ininterrumpida, desde el siglo IX. Ha transformado la geografía de la Península Ibérica: hospitales de peregrinos, puentes, iglesias románicas, ciudades enteras surgieron a lo largo de sus rutas porque había millones de personas que recorrían esos caminos. Ha producido un patrimonio arquitectónico y artístico de primer orden, desde las iglesias asturianas del Prerománico hasta la propia catedral compostelana, con su Pórtico de la Gloria de Maestro Mateo, uno de los conjuntos escultóricos más importantes del arte románico europeo. Ha generado una literatura de viajes que va desde el Codex Calixtinus del siglo XII hasta los relatos contemporáneos. Ha creado una identidad cultural gallega y, en sentido amplio, europea que los investigadores de historia, sociología y patrimonio llevan décadas estudiando.
En 1993, la UNESCO declaró los Caminos de Santiago de Compostela Patrimonio Mundial, un reconocimiento que no se basa en la autenticidad de ninguna reliquia sino en la extraordinaria riqueza histórica, artística y cultural de la ruta en su conjunto.
Una peregrinación que se hace sola
El Camino de Santiago recibe cada año entre 300.000 y 400.000 peregrinos que llegan a la catedral compostelana con la Compostela, el certificado de haber completado al menos los últimos 100 kilómetros a pie. Las razones que dan para hacer el camino son tan diversas como los propios caminantes: fe religiosa, búsqueda espiritual no confesional, desafío físico, duelo, transición vital. Esa diversidad no es un fenómeno nuevo: los peregrinos medievales también mezclaban la devoción con el deseo de aventura, el turismo avant la lettre y los negocios.
La historia de la Catedral de Santiago enseña algo sobre cómo funciona el poder de los lugares sagrados. Un sepulcro cuya autenticidad no puede verificarse con los instrumentos de la historia generó, en 1.200 años de historia, una de las rutas de peregrinación más importantes del mundo, una ciudad de extraordinaria riqueza patrimonial y una experiencia colectiva que sigue movilizando a centenares de miles de personas cada año. El misterio de los huesos importa, y merece pensarse honestamente. Pero lo que creció alrededor de ellos tiene un valor histórico y humano que ya no necesita milagros para sostenerse.