Machu Picchu: los misterios de la ciudadela perdida inca
Construida entre 1438 y 1472, abandonada a los 100 años, descubierta por Hiram Bingham en 1911. El análisis de 2021 de los restos humanos (Yale) reveló que el 60% de los residentes no era local. El Intihuatana fue el único en no ser destruido por los españoles.
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Machu Picchu se sienta a 2.430 metros sobre el nivel del mar, en la confluencia de la cordillera andina y la selva amazónica, oculta entre picos que la hacen invisible desde los valles que la rodean. Esa invisibilidad fue, durante cuatro siglos, su mejor protección. Los conquistadores españoles recorrieron el valle del Urubamba, saquearon la región y no la encontraron. La selva tropical la cubrió con una eficiencia que ninguna estrategia militar habría igualado.
Construcción, apogeo y abandono
Los datos arqueológicos e históricos permiten fechar la construcción de Machu Picchu con una precisión razonable. Fue levantada bajo el mandato del Inca Pachacútec, el noveno Sapa Inca, que gobernó entre 1438 y 1471 y que transformó el Tawantinsuyu de una confederación regional en el mayor imperio de la América precolombina. Machu Picchu forma parte de ese proceso de expansión y monumentalización: es, según la interpretación más sólida de los investigadores, una de las residencias reales o "llactas" del Inca, posiblemente su residencia principal fuera del Cuzco.
La ciudadela fue abandonada aproximadamente 100 años después de su construcción, en torno a 1530-1540, muy probablemente antes o durante los primeros años de la conquista española. La causa más plausible que manejan los investigadores no es la conquista militar directa, sino la epidemia. Las enfermedades europeas —viruela, sarampión, tifus— llegaron a los Andes antes que los ejércitos de Pizarro, propagándose a través de las redes comerciales del Tawantinsuyu. La epidemia de viruela de 1524-1527 mató al Inca Huayna Cápac y a su heredero designado, desencadenando la guerra civil entre Huáscar y Atahualpa que los españoles aprovecharon para su conquista. Es probable que Machu Picchu fuera evacuada en ese contexto de colapso imperial.
Hiram Bingham y el "redescubrimiento"
El 24 de julio de 1911, el explorador e historiador estadounidense Hiram Bingham III, de la Universidad de Yale, llegó a las ruinas guiado por un campesino local llamado Melchor Arteaga. Bingham las presentó al mundo académico occidental como un "descubrimiento", aunque los agricultores de la zona conocían perfectamente la existencia de las ruinas y algunos incluso cultivaban en las terrazas. La palabra "redescubrimiento" es más precisa: para el mundo académico y para la opinión pública internacional, Machu Picchu era desconocida; para los pobladores andinos locales, no.
Bingham organizó expediciones financiadas por la National Geographic Society y extrajo miles de objetos arqueológicos que llevó a la Universidad de Yale. Ese material estuvo en posesión de Yale durante más de un siglo; después de largas negociaciones diplomáticas, el Perú recuperó la mayor parte de las piezas entre 2011 y 2012.
El análisis de 2021: una ciudad de foráneos
Una de las investigaciones más reveladoras de los últimos años fue publicada en 2021 por un equipo liderado por la antropóloga Lucy Salazar, de Yale, en colaboración con investigadores peruanos. El estudio analizó los restos óseos y dentales de los individuos enterrados en los cementerios de Machu Picchu utilizando técnicas de isótopos de estroncio, que permiten inferir el lugar donde una persona creció a partir de la composición química de sus huesos.
El resultado fue sorprendente: aproximadamente el 60% de los individuos analizados no eran originarios de la región del Cuzco ni de sus inmediaciones. Procedían de distintas partes del Tawantinsuyu —la costa, las tierras altas del altiplano, la región amazónica, incluso zonas tan lejanas como el norte de Argentina o lo que hoy es Bolivia. Esta diversidad de origen sugiere que Machu Picchu no era una comunidad local homogénea, sino un lugar donde confluían grupos de procedencias muy diversas, posiblemente personal de servicio, artesanos especializados y mitimaes (grupos trasladados por el Estado inca para poblar territorios estratégicos).
"Más del 60% de los individuos enterrados en Machu Picchu habían crecido fuera de la región del Cuzco." — Lucy Salazar y equipo, análisis de isótopos de estroncio, 2021.
El Intihuatana: el que ata al sol
Entre los objetos más singulares del sitio se encuentra el Intihuatana, una piedra granítica tallada directamente en el afloramiento rocoso que ocupa el punto más elevado de la ciudadela. Su nombre en quechua significa aproximadamente "el que amarra al sol" o "el que ata al sol", y la pieza funciona como un reloj solar que marca con precisión los solsticios y los equinoccios: en el solsticio de invierno austral (21 de junio), el sol se sitúa directamente encima de la piedra al mediodía y no proyecta sombra.
Lo que hace al Intihuatana de Machu Picchu único en el mundo andino es una consecuencia directa del aislamiento del sitio. Los conquistadores españoles destruyeron sistemáticamente todos los intihuatana que encontraron en otros yacimientos incas, calificándolos de "objetos idolátricos". El de Machu Picchu sobrevivió precisamente porque los españoles nunca llegaron allí. Es la única pieza de este tipo que permanece intacta en su emplazamiento original en toda la extensión del antiguo Tawantinsuyu.
Una función que sigue en debate
La pregunta sobre qué fue exactamente Machu Picchu —¿palacio real? ¿ciudad sagrada? ¿santuario de las Acllas o Vírgenes del Sol?— no tiene aún una respuesta definitiva que concite el consenso de los investigadores. Las diferentes hipótesis no se excluyen necesariamente entre sí: pudo haber sido al mismo tiempo residencia real, centro ceremonial y lugar de retiro religioso, funciones que en la cosmovisión andina no estaban tan separadas como en el pensamiento europeo moderno.
Lo que el análisis de los restos humanos, la arquitectura y los materiales arqueológicos sí confirman es que fue un lugar de convergencia para el poder y la diversidad del mayor imperio precolombino. Su belleza no es accidental: cada muro, cada terraza, cada orientación de sus edificios refleja una manera de entender la relación entre el espacio humano, los astros y la tierra que no necesita mistificación para resultar admirable.