William Crookes: el científico que creyó en los fantasmas
Descubridor del talio, inventor del tubo de rayos catódicos, presidente de la Royal Society. Y creyente declarado en el espiritismo. El caso Crookes sigue siendo uno de los más desconcertantes de la historia de la ciencia.
Crónica de Tarotgratuito.net
En 1913, cuando fue elegido presidente de la Royal Society, la institución científica más antigua e influyente del mundo de habla inglesa, William Crookes ya llevaba casi cuarenta años publicando que los fenómenos espiritistas eran reales y que merecían investigación científica seria. No lo hizo en folletos de charlatanes: lo publicó en el Quarterly Journal of Science, con su nombre, detallando experimentos y metodología. El escándalo no le impidió ascender hasta la cima del establecimiento científico británico. Esa paradoja es el centro de un caso que la historia de la ciencia no ha terminado de digerir.
Un científico de primera línea
Los méritos de Crookes en la ciencia convencional son sólidos e indiscutibles. Nació en Londres en 1832 y desde joven se dedicó a la química y la física experimentales con resultados notables. En 1861 descubrió el talio, elemento químico número 81, mediante análisis espectroscópico de residuos industriales, lo que le valió el ingreso en la Royal Society al año siguiente. Diseñó el tubo de Crookes, un tubo de vacío por el que circulaban los llamados rayos catódicos: ese dispositivo, perfeccionado después por Wilhelm Röntgen, fue el precursor directo del tubo de rayos catódicos que durante décadas fue el corazón de los televisores y monitores, y sirvió también a J. J. Thomson para identificar el electrón en 1897.
Crookes también inventó el radiómetro de Crookes, ese juguete científico de aspavillas giratorias en el vacío que todavía se vende en tiendas de curiosidades, e hizo contribuciones importantes al vacío industrial y a la fotografía. Su productividad experimental era la de alguien completamente inmerso en el laboratorio, ajeno a las modas.
El espiritismo llega a su vida
En 1867 murió el hermano menor de Crookes, Philip, de fiebre amarilla contraída en Cuba. Crookes tenía treinta y cinco años y quedó profundamente afectado. Es imposible demostrar que ese duelo fue la causa de su giro hacia el espiritismo, pero la cronología es significativa: en los años siguientes comenzó a asistir a sesiones de médiums y a interesarse por los fenómenos de comunicación con los muertos que el movimiento espiritista, extendido por toda Inglaterra y América del Norte desde los años 1850, afirmaba proporcionar.
Lo que distinguió a Crookes de otros aficionados al espiritismo fue que anunció que iba a investigarlo científicamente. En 1870 publicó un artículo en el Quarterly Journal of Science en el que declaraba que los fenómenos reportados en las sesiones merecían la atención de los científicos y que él los sometería a examen con los instrumentos propios de su disciplina. El establecimiento científico recibió el anuncio con escepticismo polite y, en algunos casos, con alarma franca.
Florence Cook y Katie King
El centro de las investigaciones de Crookes fue la médium Florence Cook, una joven de origen humilde que a principios de los años 1870 había ganado notable notoriedad en los círculos espiritistas de Londres. Cook afirmaba ser capaz de "materializar" figuras físicas durante sus sesiones: su espíritu guía era "Katie King", supuesta hija de un pirata del siglo XVII llamado John King, que se manifestaba en forma corporal, podía ser tocada y fotografiada, y conversaba con los asistentes.
Crookes investigó a Cook entre 1872 y 1874 en condiciones que él describió como controladas. Fotografió a "Katie King" en múltiples ocasiones, la tocó con sus propias manos, midió sus constantes vitales y publicó sus resultados en 1874 afirmando que los fenómenos no podían explicarse por ningún mecanismo físico conocido. Las fotografías, que se conservan, muestran a una figura de rasgos muy similares a Florence Cook.
"He visto a Florence Cook y a Katie King simultáneamente y en la misma habitación. No conozco ningún truco que pueda explicar lo que presencié."
Esa afirmación, publicada con el nombre de uno de los científicos más respetados de Gran Bretaña, produjo un efecto sísmico en los debates sobre el espiritismo. Los defensores del movimiento la enarbolaron como prueba definitiva; los escépticos la recibieron con incredulidad y, en algunos casos, con acusaciones directas de fraude.
Lo que los investigadores posteriores encontraron
En los años siguientes a las investigaciones de Crookes, varios testigos independientes afirmaron haber descubierto a Florence Cook "materializando" a Katie King de la manera más prosaica posible: saliéndose del gabinete oscuro con ropa blanca. La investigadora Mary E. Cushman afirmó haberla agarrado físicamente durante una sesión. Cook fue atrapada en fraude de manera documentada en 1880 con otra médium, y en 1922, ya anciana, confesó en privado a un investigador haber fingido los fenómenos.
Más delicada fue la hipótesis, formulada por varios investigadores del siglo XX, de que Crookes y Florence Cook mantenían una relación romántica durante el período de las investigaciones, lo que habría proporcionado tanto un incentivo para no "ver" el fraude como una posible explicación de por qué Cook cooperó con sus experimentos. Las cartas que se conservan son ambiguas pero sugieren una cercanía más allá de lo profesional. No hay prueba concluyente de que la relación fuera íntima, pero la hipótesis está suficientemente documentada como para que los historiadores la tomen en serio.
El enigma que no se cierra
El caso Crookes plantea una pregunta que la psicología y la historia de la ciencia han respondido de formas distintas. La más común es la del autoengaño: un científico emocionalmente motivado por el duelo de su hermano, que quería creer y que inconscientemente diseñó sus investigaciones para obtener la confirmación que buscaba. Los sesgos de confirmación están bien documentados incluso en observadores entrenados, y la historia de la ciencia está llena de investigadores brillantes que fallaron en detectar engaños fuera de su área de competencia.
Una versión más sombría añade la posibilidad del fraude consciente: que Crookes supiera o sospechara el fraude de Cook y decidiera callarlo por razones personales. No hay evidencia directa de esto, pero tampoco puede descartarse.
Lo que el caso Crookes no deja hacer es consolarse con la imagen del científico como garante automático de la verdad. Crookes fue un experimentador de primera clase en física y química, y eso no lo protegió de ser engañado —o de engañarse— en un terreno diferente. La pericia técnica no es transferible automáticamente entre dominios, y el deseo de creer es un adversario formidable para cualquier método de control, incluido el científico.
Murió en 1919, con ochenta y seis años, convencido hasta el final de que había presenciado fenómenos genuinos. La ciencia que había practicado había cambiado el mundo: el tubo de rayos catódicos llevó al electrón y al televisor, el descubrimiento del talio al análisis espectroscópico sistemático. Lo que no había cambiado era la pregunta que traía de los años sesenta del siglo XIX: ¿qué ocurre con los que amamos cuando mueren? Que un hombre de su talla siguiera buscando respuesta a esa pregunta en las sesiones de una médium dice algo sobre la ciencia, pero dice más sobre la condición humana.