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Figuras · 5 min

Kaspar Hauser: el niño del bosque que sacudió Europa

El 26 de mayo de 1828, un adolescente incapaz de caminar sobre adoquines apareció en Nuremberg con dos cartas y una historia que ningún tribunal logró verificar. Dos siglos después, su identidad sigue siendo uno de los enigmas más debatidos de la Europa moderna.

Crónica de Tarotgratuito.net

El 26 de mayo de 1828, en la plaza del mercado de Nuremberg, dos soldados encontraron a un adolescente de aspecto extraño que apenas podía mantenerse en pie sobre los adoquines. El muchacho —que aparentaba entre catorce y diecisiete años— portaba dos cartas sin remitente claro y repetía, casi como un autómata, una única frase en alemán: Ich möchte ein solcher Reiter werden, wie mein Vater einer war («Quiero ser un jinete como lo fue mi padre»). Más allá de esas palabras, su vocabulario era mínimo. Su nombre, según dijo, era Kaspar Hauser.

Las dos cartas que llevaba añadieron confusión en lugar de claridad. La primera, fechada apócrifa en 1812, afirmaba ser de su madre y decía que el niño había nacido el 30 de abril de ese año; la segunda era de un hombre que afirmaba haberlo criado en secreto desde pequeño, incapaz de sostenerlo más. Los expertos del momento señalaron de inmediato que ambas cartas habían sido escritas por la misma mano.

La vida en la oscuridad: lo que él contaba

Según el relato que Kaspar fue articulando con dificultad durante las primeras semanas, había pasado toda su vida en un cuarto oscuro y estrecho, sin contacto humano, con apenas un jergón de paja y agua y pan como alimento. Alguien le dejaba comida mientras dormía; nunca vio un rostro. Unos días antes de su aparición, esa persona le enseñó a caminar de manera elemental y lo condujo hasta las afueras de Nuremberg.

Los médicos que lo examinaron —entre ellos el doctor Johann Preu— encontraron datos compatibles con esa historia: la musculatura de sus piernas era débil como la de un niño pequeño, sus pies no presentaban callosidades propias de quien hubiera caminado regularmente, y su visión nocturna era notablemente aguda, compatible con años de adaptación a la oscuridad. Sin embargo, los mismos médicos señalaron que aprendía a una velocidad inusual: en pocas semanas pasó de un vocabulario de escasas palabras a construir frases complejas en alemán.

Anselm von Feuerbach y la hipótesis principesca

El magistrado bávaro Paul Johann Anselm Ritter von Feuerbach —uno de los juristas más distinguidos de su época y creador del Código Penal bávaro de 1813— tomó el caso bajo su supervisión. Tras un estudio prolongado, publicó en 1832 el documento Kaspar Hauser: Ejemplo de un crimen contra el alma de un hombre, en el que formuló la hipótesis que daría al caso su dimensión europea: Kaspar podría ser el príncipe heredero de Baden, hijo de la gran duquesa Estefanía de Beauharnais y del gran duque Karl, supuestamente muerto poco después de nacer en 1812 y reemplazado por un bebé moribundo para beneficiar a una rama lateral de la familia.

La Casa de Baden lo negó entonces y lo ha negado desde entonces. Sin embargo, el texto de Feuerbach fue lo suficientemente detallado y su autor suficientemente respetado como para que la hipótesis fuera tomada en serio durante décadas por historiadores europeos.

Las agresiones y la muerte

En octubre de 1829, alguien atacó a Kaspar en casa de su primer tutor, Georg Friedrich Daumer, dejándole una herida en la frente. Kaspar afirmó que un hombre encapuchado le había golpeado; los escépticos sugirieron que se había herido solo. En 1831, el conde inglés Philip Henry, Cuarto Conde de Stanhope, asumió su tutela, lo trasladó a Ansbach y mostró un interés que los contemporáneos encontraron difícil de clasificar: ni enteramente benévolo ni claramente hostil.

El 14 de diciembre de 1833, Kaspar Hauser llegó malherido al domicilio de su tutor en Ansbach. Decía que un desconocido lo había citado en el jardín del palacio con el pretexto de revelarle el nombre de su madre, y que ese hombre le había clavado un cuchillo en el pecho. Murió tres días después, el 17 de diciembre. Sus últimas palabras, según los testigos presentes: «No sé. No lo sé.» En la bolsa que llevaba el día del ataque se encontró una nota escrita en espejo y en alemán deficiente que comenzaba: «Hauser podrá contarles cómo me veo...»

El debate científico moderno

En la década de 1990, el análisis forense entró en el caso. En 1996, un equipo de la Universidad de Erlangen analizó manchas de sangre en la ropa interior que Kaspar llevaba el día de su muerte; el ADN mitocondrial obtenido coincidía con el de la rama femenina de la Casa de Baden, específicamente con el de una descendiente directa de Estefanía de Beauharnais.

Pero en 2002, otro equipo —usando muestras de cabello de pertenencias de Hauser custodiadas en el Stadtarchiv de Ansbach— obtuvo un perfil de ADN mitocondrial distinto, incompatible tanto con la hipótesis Baden como con las muestras de sangre de 1996. Los investigadores especularon con contaminación cruzada de las muestras antiguas o, más incómodamente, con la posibilidad de que las prendas no hubieran pertenecido efectivamente a Kaspar.

Lo que sigue sin resolverse

El historiador Martin Kitchen, en su estudio Kaspar Hauser: Europe's Child (Palgrave Macmillan, 2012), señaló el problema central del caso: no existe ni un solo documento contemporáneo de primera mano que no haya sido mediado por alguien con intereses en la narrativa. Las declaraciones del propio Kaspar fueron transcritas siempre por terceros; las cartas que portaba son de autoría desconocida; las heridas admiten explicaciones alternativas.

Lo que sí es verificable es el impacto cultural: Kaspar Hauser inspiró a Jakob Wassermann (novela, 1908), a Paul Verlaine (poema, 1884), a Werner Herzog (película, 1974) y a Wim Wenders. Su tumba en Ansbach lleva una inscripción en latín: Hic jacet Casparus Hauser, aenigma sui temporis. «Aquí yace Kaspar Hauser, enigma de su tiempo.»

La maquinaria moderna del análisis forense, de la crítica histórica y de la genética molecular no ha conseguido despejar ese enigma con la contundencia que cabría esperar. Eso no prueba nada sobrenatural. Pero sí dice algo sobre los límites de la certeza histórica.

Fuentes y para saber más

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