Teotihuacán: la ciudad donde los hombres se convierten en dioses
La metrópolis más misteriosa de Mesoamérica tenía 200.000 habitantes en el año 400 d.C. y sus fundadores siguen siendo desconocidos. En 2010 se descubrió un túnel sellado bajo el templo de Quetzalcóatl lleno de mercurio líquido.
Crónica de Tarotgratuito.net
Teotihuacán es, en muchos sentidos, la ciudad más desconcertante que produjo el mundo prehispánico. No porque sus monumentos sean enigmáticos en el sentido fantasioso que a veces se les atribuye, sino porque la arqueología, con todo su rigor, no ha logrado responder aún a la pregunta más elemental: ¿quién la construyó? Sus pirámides llevan siglos en pie. Sus constructores permanecen en el anonimato.
Una metrópolis sin nombre propio
El nombre "Teotihuacán" no lo pusieron quienes la edificaron, sino los aztecas, que la encontraron ya vacía y abandonada cuando llegaron al Valle de México siete siglos después de su colapso. En náhuatl, el topónimo se traduce aproximadamente como "lugar donde los hombres se convierten en dioses" o "ciudad de los dioses", una denominación que refleja el asombro de quienes contemplaron sus ruinas sin saber nada de sus creadores.
Los datos que la arqueología puede ofrecer son, sin embargo, impresionantes en sí mismos. En su apogeo, hacia el año 400 d.C., Teotihuacán albergaba entre 125.000 y 200.000 habitantes, lo que la convertía en la sexta ciudad más grande del mundo en ese momento, comparable en escala con Roma o Cartago. Ocupaba una superficie de aproximadamente 20 kilómetros cuadrados en el altiplano central de México, a unos 50 kilómetros al noreste de la actual Ciudad de México. Su influencia cultural se extendió por toda Mesoamérica, desde Oaxaca hasta la costa del Golfo y las tierras mayas.
Sus tres grandes estructuras —la Pirámide del Sol, la Pirámide de la Luna y el Templo de Quetzalcóatl— están alineadas con criterios astronómicos que los investigadores han documentado con precisión. La Calzada de los Muertos, el eje central de la ciudad de casi 4 kilómetros de longitud, no apunta al norte geográfico sino a la puesta del sol en los días en que el sol cruza el cenit, datas que tenían un significado calendárico preciso en el pensamiento mesoamericano. En los equinoccios, la Pirámide del Sol recibe la luz solar de frente en su fachada principal.
El hallazgo del túnel: mercurio bajo el inframundo
El descubrimiento arqueológico más notable de las últimas décadas en Teotihuacán comenzó en 2003 cuando una lluvia torrencial abrió un pequeño hundimiento en el suelo frente al Templo de Quetzalcóatl. El arqueólogo Sergio Gómez Chávez, del Instituto Nacional de Antropología e Historia de México, identificó la entrada a un túnel que había permanecido sellado desde aproximadamente el año 250 d.C., casi 1.800 años.
Las excavaciones que se desarrollaron entre 2010 y 2017 revelaron un corredor de 103 metros de longitud que desembocaba en tres cámaras funerarias sin equivalente conocido en Mesoamérica. El equipo de Gómez recuperó más de 50.000 objetos rituales: figurillas de jade, concha y obsidiana, semillas, huesos de animales, pieles de jaguar, y una cantidad enorme de pirita pulida que habría reflejado la luz de las antorchas como un cielo estrellado artificial. La interpretación del equipo es que el túnel representaba el inframundo o "mar primordial" sobre el que, según la cosmología mesoamericana, se erigía el mundo de los vivos.
"El hallazgo más perturbador fue el mercurio líquido: varios cientos de litros distribuidos en tres de las cámaras, la única fuente de mercurio líquido jamás hallada en una excavación mesoamericana." — Sergio Gómez Chávez, INAH, 2015.
El mercurio, un elemento de extracción costosa y compleja en la antigüedad, es tóxico en estado líquido y requiere técnicas sofisticadas de manejo. Su presencia en el túnel sugiere un conocimiento metalúrgico avanzado y un simbolismo deliberado: el mercurio, brillante y movedizo, podría haber representado el agua primordial o el espejo del inframundo. No existe, en cambio, ninguna evidencia de una cámara funeraria principal o de los restos de los gobernantes de la ciudad. El túnel no resolvió el misterio del poder; lo profundizó.
El enigma del abandono
Hacia el año 550 d.C., Teotihuacán entró en un proceso de colapso que aún se debate. Los indicios arqueológicos apuntan a un incendio deliberado del centro ceremonial y de los edificios de élite, lo que sugiere una destrucción intencional, posiblemente una revuelta interna. No hay evidencia de una conquista militar exterior. La ciudad no fue abandonada de golpe: la periferia siguió habitada durante siglos, pero el centro de poder fue devastado.
Lo que sí es un hecho constatable es que no existe escritura descifrada en Teotihuacán. A diferencia de los mayas, que desarrollaron un sistema de escritura jeroglífica completo, los teotihuacanos no dejaron textos que permitan saber cómo se llamaban a sí mismos, cuál era su lengua o quiénes gobernaban la ciudad. Todo lo que sabemos proviene de los materiales que enterraron, de las estructuras que levantaron y de las imágenes que pintaron en sus murales.
Una ciudad que sigue interpelando
Teotihuacán tiene la extraña cualidad de exigir humildad. Durante décadas, la falta de una cámara funeraria real llevó a algunos investigadores a proponer que la ciudad era gobernada de manera colectiva, sin un monarca individual. Esa hipótesis ha ganado fuerza con los análisis recientes de los restos humanos, que no muestran una diferenciación nutricional extrema entre élites y población común. Pero tampoco puede afirmarse con certeza.
Visitar Teotihuacán hoy es recorrer el espacio de una pregunta. Las pirámides están ahí, masivas y precisas, construidas con una logística que habría requerido la coordinación de decenas de miles de personas durante décadas. Quienes las levantaron tenían un conocimiento astronómico, ingenieril y simbólico de primera magnitud. Y sin embargo no dejaron su nombre. Quizá eso, más que cualquier misterio inventado, sea lo que hace de esta ciudad un lugar verdaderamente irrepetible.