Rasputín: el mujik siberiano y el mecanismo real de sus curaciones
Grigori Rasputín fascinó a los Romanov con su aparente capacidad de aliviar las crisis hemorrágicas del zarevich Alekséi. La explicación médica más probable no tiene nada de sobrenatural. El mito de su invencibilidad, en cambio, sí fue construido deliberadamente.
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Grigori Yefímovich Rasputín nació en 1869 en Pokróvskoye, una aldea de Siberia occidental. No tenía educación formal, nunca fue monje ordenado (su título habitual de "monje loco" es un error de traducción del ruso starets, que simplemente significa "anciano espiritual" o hombre santo), y llegó a San Petersburgo en 1903 como un peregrino con cierta reputación de poderes curativos en los círculos religiosos de provincias. En 1905, Alejandra Fiódorovna, emperatriz de Rusia, lo introdujo en la intimidad de la familia imperial Romanov. Durante los once años siguientes, hasta su asesinato en diciembre de 1916, fue el hombre más odiado, más temido y más incomprendido de la corte rusa. El mito creció en vida y se disparó tras su muerte. Separarlo de los hechos es más difícil de lo habitual porque sus adversarios más directos, los asesinos, tenían todo el interés en construir la leyenda del monstruo invencible que justificaba la brutalidad de su muerte.
La hemofilia del zarevich y el mecanismo de las curaciones
Alekséi Nikoláyevich, el único hijo varón del zar Nicolás II y la emperatriz Alejandra, heredó la hemofilia de tipo B a través de su madre, que a su vez la había heredado de la reina Victoria de Gran Bretaña. La hemofilia tipo B (deficiencia del factor IX de coagulación) es una enfermedad que en el siglo XX temprano no tenía tratamiento eficaz. Un golpe menor podía iniciar una hemorragia interna que no se detenía, causando un dolor devastador y potencialmente la muerte.
Los episodios de Alekséi que Rasputín aparentemente interrumpía eran crisis hemorrágicas agudas. Los médicos de la corte, que usaban las terapias disponibles de la época, eran con frecuencia impotentes. Rasputín llegaba, se sentaba junto al niño, le hablaba suavemente, a veces rezaba, a veces simplemente le pedía que se tranquilizara. Y el niño mejoraba, o al menos la crisis se detenía o suavizaba.
La explicación médica más probable, sostenida por varios hematólogos que han revisado el caso, es la siguiente: el estrés y la ansiedad elevados aumentan la presión sanguínea y pueden exacerbar o prolongar un episodio hemorrágico. La tranquilidad, la reducción del llanto y la disminución de la angustia tienen el efecto opuesto. Rasputín era, por todo testimonio disponible, extraordinariamente eficaz para calmar a personas en estados de angustia extrema. Su voz grave, su presencia física imponente, su confianza absoluta y su actitud de que todo estaría bien actuaban sobre el sistema nervioso del niño de un modo que los médicos convencionales, más ansiosos y más medicamente agresivos, no lograban.
"Cuando él estaba allí, el niño dormía. Eso era suficiente para nosotros." — Testimonio atribuido a la emperatriz Alejandra, recogido por múltiples fuentes de la época.
Existe también una hipótesis complementaria, señalada por el médico e historiador británico Michael Emery: los médicos de la corte administraban a Alekséi aspirina como analgésico, desconociendo que la aspirina inhibe la agregación plaquetaria y empeora el sangrado. Rasputín, instintivamente o por sus creencias, desaconsejaba los remedios de los médicos. Si logró que dejaran de administrar aspirina durante las crisis, eso solo habría tenido un efecto terapéutico real.
El poder en la corte: los Romanov usaron a Rasputín y él los usó a ellos
Lo que convirtió a Rasputín en un problema político fue que su influencia sobre Alejandra era genuina y profunda, y que Alejandra gobernó en nombre del zar durante los años de la Primera Guerra Mundial cuando Nicolás se encontraba en el frente. Las cartas de Alejandra a Rasputín, conservadas, muestran una veneración que iba mucho más allá del agradecimiento por el bienestar de su hijo: lo llamaba "Nuestro Amigo", le pedía consejo político y siguió varios de sus recomendaciones sobre nombramientos ministeriales.
Rasputín, por su parte, no era un santo desinteresado. Usó su acceso a la familia imperial para protegerse de sus numerosos enemigos, para influir en decisiones de personal y para mantener una posición social que de otro modo le era inaccesible como campesino siberiano. Sus excesos sexuales y su afición al alcohol eran conocidos en San Petersburgo. La imagen del depredador sexual omnipotente está en gran parte inflada, pero la de un hombre con poco interés en la sobriedad y los convencionalismos es históricamente sólida.
La clase aristocrática y la Duma rusa lo veían como un peligro para la legitimidad de la monarquía. En un régimen que se sostenía sobre la aura sagrada del zar, que un mujik analfabeto y licencioso tuviera acceso ilimitado a la zarina y aparente influencia sobre la política imperial era políticamente insostenible. El príncipe Félix Yusúpov, el gran duque Dmitri Pávlovich y varios cómplices decidieron eliminarlo en diciembre de 1916.
El asesinato y la construcción de la leyenda
El relato del asesinato de Rasputín fue narrado en detalle por el propio Yusúpov en sus memorias, publicadas en el exilio, y es el origen principal de la leyenda de su invencibilidad. Según Yusúpov, Rasputín ingirió pasteles y vino envenenados con cianuro suficiente para matar a varios hombres, sobrevivió, recibió varios disparos, sobrevivió, fue golpeado con una maza, y finalmente fue arrojado al río Nevá, donde murió ahogado.
El problema es que Yusúpov tenía todos los incentivos para exagerar. Matar a un hombre borracho y desprevenido era un crimen; matar a un demonio casi inmortal era casi un acto heroico. Los análisis forenses realizados décadas después, cuando el cadáver ya no estaba disponible, son indirectos e inconclusos. Lo que sí es verificable es que el asesinato fue brutal y que el cuerpo de Rasputín, cuando fue sacado del río, mostraba múltiples heridas de bala y traumatismos. La historia del cianuro que no le hizo nada y de los disparos que no lo mataban es, con alta probabilidad, una elaboración narrativa posterior.
Lo que la muerte de Rasputín reveló es que el mito lo había superado a él. Para entonces, su figura había cristalizado como símbolo de todo lo que la aristocracia rusa veía mal en la corte: la influencia de un plebeyo, el favoritismo de la zarina, la debilidad del zar. Eliminarlo no salvó a los Romanov: apenas dos meses después, en febrero de 1917, la revolución llegó de todos modos. Rasputín y la familia imperial se convirtieron juntos en símbolo del fin de un mundo.
El legado de un mito necesario
La figura de Rasputín encarna algo que la historia del esoterismo repite con frecuencia: la necesidad de un hombre-mito que concentre en sí mismo las esperanzas y los miedos de un sistema en crisis. Para Alejandra, fue la prueba de que Dios no había abandonado a su hijo ni a Rusia. Para la aristocracia, fue la prueba de que la corte estaba corrompida. Para los bolcheviques, fue la prueba de la decadencia zarista. Para el relato popular, fue el campesino indestructible que desafió al poder y casi ganó.
Ninguna de esas lecturas captura al hombre real: un campesino siberiano de inteligencia práctica notable, que entendió instintivamente la psicología del dolor y la ansiedad, que supo moverse en un mundo de poder para el que no había nacido, y que murió en el centro de una tormenta política que él no había creado pero que tampoco supo evitar. La medicina explica sus curaciones; la psicología explica su influencia; la política explica su muerte. El mito solo explica nuestra necesidad de hombres más grandes que la realidad.