Los templos de Malta: los edificios religiosos más antiguos del mundo
Ggantija, Hagar Qim, Mnajdra, Tarxien: los templos megalíticos de Malta son los edificios freestanding más antiguos del mundo, construidos entre el 3600 y el 2500 a.C. La civilización que los levantó desapareció de forma abrupta.
Crónica de Tarotgratuito.net
En las dos islas de Malta y Gozo, en el centro del Mediterráneo, se conservan los edificios religiosos más antiguos del mundo que permanecen en pie. Los templos megalíticos malteses — Ggantija, Hagar Qim, Mnajdra, Tarxien y otros seis complejos — se construyeron entre el 3600 y el 2500 a.C., unos mil años antes de que comenzara la construcción de las pirámides de Egipto. Y la civilización que los edificó desapareció sin dejar herederos conocidos.
Más antiguos que las pirámides
La datación de los templos malteses es uno de los resultados más sólidos de la arqueología mediterránea del siglo XX. Las técnicas de radiocarbono aplicadas a restos orgánicos hallados en su interior ubican las fases más antiguas de Ggantija — en la isla de Gozo — en torno al 3600 a.C. Los complejos de Hagar Qim y Mnajdra, en el sur de Malta, se construyeron entre el 3300 y el 3000 a.C. Los templos de Tarxien, los más elaborados, entre el 3150 y el 2500 a.C. La Gran Pirámide de Guiza se comenzó en torno al 2560 a.C. La anterioridad de los templos malteses sobre las pirámides egipcias es, en términos cronológicos, de entre 500 y 1.000 años dependiendo del complejo que se tome como referencia.
Lo que hace a estos edificios únicos no es solo su antigüedad: es que están en pie sin haber sido enterrados y sin haber servido de cantera sistemática posterior. Los bloques de piedra caliza local usados en su construcción alcanzan varios metros de longitud y pesan decenas de toneladas. La técnica constructiva — sin mortero, con bloques tallados que encajan entre sí — revela un conocimiento arquitectónico sofisticado en una comunidad que no usaba el metal y no conocía la rueda.
Lo que los arqueólogos encontraron dentro
Los templos no estaban vacíos cuando los excavaron los arqueólogos de los siglos XIX y XX. Los registros de las excavaciones — empezando por las de Albert Mayr a finales del siglo XIX y continuando con las de Themistocles Zammit en los años 1910 y 1920 — documentan el hallazgo de huesos de animales quemados (evidencia de sacrificios rituales), altares con marcas de fuego, recipientes de cerámica y, sobre todo, un conjunto extraordinario de figurillas.
Las estatuillas maltesas representan figuras de proporciones exageradas, con caderas anchas, muslos abultados y rasgos que algunos interpretan como femeninos y otros como de género ambiguo. La más célebre es la llamada "Durmiente del Hipogeo", encontrada en el Hipogeo de Hal Saflieni — una necrópolis subterránea excavada en la roca, también de este periodo — y que muestra una figura recostada en lo que puede interpretarse como sueño, muerte o trance ritual. Estas figurillas, que los primeros arqueólogos denominaron "Venus maltesas" o "diosas gordas", se convirtieron en objeto de una controversia teórica que todavía no se ha cerrado.
Los templos de Mnajdra están orientados de forma que, durante los equinoccios, la luz del amanecer penetra directamente hasta el altar central: la astronomía y el ritual formaban aquí una sola cosa.
La orientación astronómica y el colapso misterioso
Los templos de Mnajdra tienen una característica que los arqueólogos han documentado con precisión: en los días de los equinoccios de primavera y otoño, el sol naciente proyecta su luz a través de la entrada principal directamente sobre el altar central. En los solsticios, la luz ilumina los bordes de las losas laterales. La orientación no es casual: los constructores eligieron deliberadamente la posición y el ángulo de las aperturas para capturar la luz en momentos específicos del año, lo que implica observación astronómica sostenida y planificación arquitectónica precisa.
La civilización que construyó estos templos desapareció en torno al 2500 a.C. Las islas de Malta quedaron despobladas — o repobladas por un grupo humano diferente con una cultura material completamente distinta — en un periodo de tiempo relativamente corto. La hipótesis más aceptada entre los arqueólogos es el colapso ecológico: la sobreexplotación agrícola del suelo en un territorio insular pequeño habría agotado los recursos, llevando a una crisis alimentaria que la comunidad no pudo superar. No hay evidencia de invasión o conquista militar. La cultura de los templos simplemente se apagó.
La diosa, el debate y la prudencia
La arqueóloga lituana Marija Gimbutas dedicó buena parte de su carrera a interpretar las figurillas del Neolítico europeo — incluidas las maltesas — como expresiones de una religión de la Gran Diosa, correspondiente a una civilización matriarcal y pacífica que habría precedido en Europa a las culturas indoeuropeas más militarizadas. Su obra más sistemática en este sentido, The Language of the Goddess (1989), tuvo un impacto enorme tanto en la arqueología como en los movimientos espirituales feministas de finales del siglo XX.
Sin embargo, la hipótesis de Gimbutas es hoy debatida — y en muchos aspectos rechazada — por una parte sustancial de la comunidad arqueológica. Los críticos señalan que atribuir género femenino a las figurillas maltesas está lejos de ser obvio (varios especialistas consideran que representan figuras andróginas o de género indeterminado), que la ausencia de evidencia de guerra no implica una sociedad matriarcal, y que la interpretación de Gimbutas proyecta sobre el pasado una visión ideológica del presente más de lo que lee los datos arqueológicos. El debate no está cerrado, pero la prudencia intelectual aconseja presentar su teoría como lo que es: una propuesta estimulante y controvertida, no una conclusión establecida.
Los templos de Malta existen, son inmensos, y son los más antiguos de su tipo. Todo lo demás — su función exacta, la cosmología de quienes los construyeron, el género de las figurillas, las razones del colapso — son hipótesis de distinto grado de solidez. En ese equilibrio entre lo que sabemos con certeza y lo que apenas intuimos reside la honestidad que los yacimientos más extraordinarios merecen.