Avebury: el círculo de piedras más grande del mundo
El henge de Avebury, en Wiltshire, es el mayor círculo de piedras prehistórico del mundo. Construido entre el 2850 y el 2200 a.C., fue destruido por aldeanos medievales, rescatado por un excéntrico millonario y esconde aún su función.
Crónica de Tarotgratuito.net
En el condado de Wiltshire, en el sur de Inglaterra, existe un lugar donde el pueblo está dentro del monumento y no al revés. Avebury es el mayor complejo henge de piedras prehistóricas del mundo, tan grande que sus constructores situaron en su interior lo que siglos después sería una aldea medieval, y tan antiguo que nadie recuerda para qué fue levantado.
Un henge que contiene un pueblo
El yacimiento de Avebury combina varios elementos: un henge, es decir, un recinto delimitado por un foso y un terraplén exterior, que en este caso alcanza los 21 metros de profundidad y más de 400 metros de diámetro; y tres círculos de piedras de sarsen, la misma arenisca local que se usó en Stonehenge. Las dataciones establecen su construcción en un arco que va del 2850 al 2200 a.C. aproximadamente, con distintas fases constructivas que se superponen a lo largo de siglos.
El detalle geográfico más sorprendente no es su antigüedad sino su escala: el pueblo de Avebury, con su iglesia, sus casas y sus pubs, está literalmente dentro del recinto prehistórico. Los trabajos de John Aubrey en el siglo XVII y de William Stukeley en el XVIII documentaron el yacimiento cuando aún conservaba muchas más piedras de las que existen hoy. Stukeley, que visitó el lugar en los años 1720, fue el primero en trazar un plano completo y en alertar de la destrucción progresiva que estaba sufriendo.
El esqueleto del destructor
Entre los siglos XIV y XVII, los aldeanos de Avebury derribaron y enterraron decenas de piedras. El motivo documentado era el temor a la influencia pagana: los menhires eran vistos como reliquias del diablo, y destruirlos o enterrarlos era un acto de piedad cristiana. La ironía de la historia quiso que uno de esos episodios de destrucción dejara un testimonio imprevisto.
Cuando el empresario y arqueólogo aficionado Alexander Keiller compró el yacimiento en los años 1930 y emprendió excavaciones sistemáticas para re-erigir las piedras caídas o enterradas, sus equipos encontraron bajo una de ellas el esqueleto aplastado de un hombre medieval. El análisis identificó en su bolsillo unas tijeras y una sonda, instrumentos propios de un barbero-cirujano. La hipótesis más aceptada es que el hombre participaba en el derribo de la piedra cuando el bloque de varias toneladas lo aplastó accidentalmente. Sobrevivió menos que la piedra que intentó destruir. Keiller re-erigió muchas de las piedras que encontró enterradas, dando al yacimiento el aspecto que tiene hoy, aunque el número original de monolitos era muy superior al actual.
Avebury es uno de esos lugares donde la escala del pasado rebasa nuestra capacidad de comprensión: fue grande antes de que existiera la escritura para describirlo.
Un paisaje ritual de 25 kilómetros cuadrados
Avebury no está solo. Forma parte de un paisaje ritual que abarca unos 25 km² y que incluye monumentos de distintas épocas que ninguno de ellos ha revelado todavía su función con claridad. A menos de dos kilómetros se alza Silbury Hill: la colina artificial más grande de Europa, con 40 metros de altura y construida en torno al 2400 a.C. Las excavaciones del interior — realizadas en los siglos XVIII, XIX y XX, la última de ellas en 2008 — no encontraron ninguna cámara funeraria ni ningún objeto que explique por qué alguien movió 500.000 toneladas de tierra para levantar una pirámide de césped en medio de una llanura.
A unos dos kilómetros en dirección opuesta se encuentra el West Kennet Long Barrow, un túmulo neolítico datado en torno al 3600 a.C. que sirvió de sepultura colectiva durante más de un milenio. Es uno de los monumentos funerarios más grandes de las islas británicas. La avenida de Beckhampton y la avenida de West Kennet, dos filas de piedras que partían del círculo de Avebury en distintas direcciones, completaban un sistema procesional cuya lógica ritual se nos escapa.
Lo que la arqueología puede afirmar es que la construcción de este paisaje exigió siglos de trabajo colectivo organizado, centenares de miles de horas de labor humana coordinada, y un conocimiento topográfico y logístico sofisticado. Lo que no puede afirmar, por ahora, es el porqué. Y esa ignorancia honesta, más que cualquier teoría elaborada, es el estado real de la ciencia en Avebury.