Los niños verdes de Woolpit: el primer misterio del otro mundo
En el siglo XII, dos niños de piel verde aparecieron en Woolpit, Suffolk, sin saber hablar inglés y comiendo solo habas. La crónica medieval lleva siglos fascinando a historiadores y folcloristas.
Crónica de Tarotgratuito.net
En algún momento del siglo XII, probablemente durante el reinado de Esteban de Inglaterra o los primeros años de Enrique II, dos niños de piel verdosa aparecieron en los campos de trigo de Woolpit, un pueblo de Suffolk, al este de Inglaterra. No sabían hablar inglés. Se negaban a comer cualquier alimento que no fueran habas. El niño murió poco después de su descubrimiento; la niña sobrevivió, fue bautizada y explicó que ella y su hermano procedían de una tierra llamada San Martín, donde no brillaba el sol y todo estaba envuelto en un crepúsculo permanente. La historia lleva más de ochocientos años fascinando, inquietando y siendo debatida.
Las fuentes medievales
El relato de los niños verdes de Woolpit nos llega por dos crónicas medievales independientes, lo que le confiere una solidez documental inusual para un relato de esta naturaleza. La primera es la de William of Newburgh, un canónigo agustino de Yorkshire que escribió su Historia Rerum Anglicarum hacia 1189. La segunda es la de Ralph de Coggeshall, abad cisterciense que redactó su Chronicon Anglicanum hacia 1220. Ambos autores son considerados cronistas serios para su época, con escasa inclinación al sensacionalismo puro, lo que hace más notable que los dos recogieran la historia de manera independiente.
Las versiones difieren en algunos detalles, pero coinciden en lo esencial: dos niños de piel verde, sin conocimiento del inglés, hallados en o cerca de los llamados "wolf-pits" —las trampas para lobos que dan nombre al pueblo de Woolpit— durante la cosecha. William of Newburgh añade que los niños estaban confundidos y asustados cuando los encontraron, y que tardaron días en aceptar cualquier alimento. Ralph de Coggeshall aporta el detalle de que la niña sobreviviente, una vez integrada en la comunidad local, trabajó como sirvienta en la casa de Richard de Calne.
Lo que dijeron los niños
Una vez que la niña aprendió inglés, según las crónicas, explicó su origen. Ella y su hermano procedían de una tierra que llamaban "Sancte Martins Land", la Tierra de San Martín, donde todos los habitantes tenían la misma piel verde. No había sol en ese lugar, pero tampoco noche cerrada: una luz difusa y constante, como la del amanecer o el atardecer, bañaba eternamente aquel paisaje. Siguiendo el sonido de las campanas de una iglesia habían cruzado algún límite y se encontraron de pronto en el mundo luminoso de Woolpit, deslumbrados y desorientados.
"Dijeron ser de Sancte Martins Land, donde no hay sol y todo está en perpetuo crepúsculo, y al otro lado de cierto río muy amplio había otra tierra llena de luz." — paráfrasis de las crónicas de William of Newburgh, Historia Rerum Anglicarum, c. 1189.
Conviene notar lo que los cronistas no dicen: ni William of Newburgh ni Ralph de Coggeshall proponen explicación sobrenatural alguna. Se limitan a registrar el hecho como algo curioso y notable, sin dotarlo de significado teológico o demoníaco. Eso distingue la historia de Woolpit de otros relatos medievales sobre seres extraños: las fuentes son descriptivas, no moralizantes.
Las interpretaciones modernas
Los historiadores y folkloristas han propuesto varias explicaciones para el relato, con distintos grados de plausibilidad. La hipótesis médica más citada señala la clorosis: una forma de anemia por deficiencia de hierro, también llamada "enfermedad verde", que puede dar a la piel una tonalidad verdosa o amarillo-verdosa. Los niños que sufren desnutrición severa o privación prolongada de ciertos nutrientes pueden presentar esta coloración. La aversión a comer excepto habas —legumbre rica en hierro— encajaría con esta lectura: los niños estaban desnutridos y su organismo buscaba lo que necesitaba. Con el tiempo, al incorporar una dieta normal, la piel de la niña recuperó su color habitual. Ese detalle también está en las crónicas.
Una segunda hipótesis, propuesta entre otros por el historiador John Clark, sugiere un origen flamenco. Durante el reinado de Esteban, comunidades flamencas habían llegado a Inglaterra y, tras la muerte del rey en 1154, varios grupos flamencos fueron perseguidos o desplazados. La "Tierra de San Martín" podría ser un topónimo flamenco, pues san Martín era un santo muy venerado en los Países Bajos. Niños flamencos perdidos, desnutridos, hablando una lengua incomprensible para los locales, serían los "extranjeros" de esta hipótesis. La piel verde sería la clorosis de un largo período de privación antes de su hallazgo.
El motivo folclórico
Las interpretaciones folclóricas señalan que la historia comparte rasgos con un motivo bien conocido en la literatura medieval y en las tradiciones celtas: el del "otro mundo", una tierra subterránea o paralela sin sol directo, separada del mundo humano por un río o una frontera luminosa. Los seres de ese otro mundo no son necesariamente malignos: son distintos, y su distinción se marca con rasgos físicos como el color. Esta lectura no descarta que haya un núcleo de hecho real en la historia de Woolpit, pero propone que los cronistas medievales —y sus fuentes orales— organizaron ese hecho con el lenguaje narrativo de lo que ya conocían y les resultaba disponible para clasificar lo incomprensible.
Ninguna de las tres hipótesis es completamente excluyente: bien podría ser que dos niños flamencos desnutridos, con clorosis, llegaran a Woolpit por vías que no recordaban o no podían explicar en inglés, y que la comunidad local interpretara su historia en clave del folclore del otro mundo que ya formaba parte de su imaginario.
El primer misterio del otro mundo
Lo que hace singular a los niños de Woolpit en el panorama de los misterios medievales es precisamente la combinación de fuentes independientes y serias, ausencia de moralización religiosa y apertura interpretativa sin resolución. No es un relato de milagro ni de tentación diabólica: es el registro desconcertado de algo que los cronistas no sabían cómo clasificar. Esa perplejidad honesta es, siglos después, lo que sigue haciéndolo fascinante.
Los niños verdes de Woolpit prefiguran una pregunta que el siglo XX articularía de otros modos: la de si puede haber, en los márgenes de lo conocido, formas de existencia que no encajan en nuestras categorías. La respuesta prudente del historiador es que probablemente dos niños desorientados y enfermos llegaron a Suffolk desde algún lugar de Europa, y que el tiempo y la tradición oral tiñeron su historia del mismo color que tenía su piel. Pero la pregunta que esa historia no cesa de hacer resulta más duradera que cualquier respuesta que hayamos podido darle.