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Alquimia · 6 min

Isaac Newton: el último de los magos

El padre de la mecánica clásica dejó más palabras sobre alquimia y profecías bíblicas que sobre física. John Maynard Keynes lo llamó 'el último de los magos'.

Crónica de Tarotgratuito.net

Cuando en 1936 los manuscritos privados de Isaac Newton salieron a subasta en Sotheby's, quien los adquirió en su mayor parte fue el economista John Maynard Keynes. Lo que encontró al abrirlos lo dejó perplejo: cientos de miles de palabras sobre alquimia, profecías bíblicas y una teología heterodoxa que Newton había guardado en secreto durante toda su vida. Keynes tardó años en digerir aquel hallazgo y en 1946, poco antes de morir, presentó una conferencia ante la Royal Society con una frase que desde entonces ha definido la conversación sobre Newton: "Newton no fue el primero de la era de la razón — fue el último de los magos".

El secreto de los baúles

La historia oficial de Newton, la que llevan los libros de texto desde el siglo XVIII, es limpia y monumental: el hombre que vio caer una manzana, formuló las leyes de la gravitación universal, inventó el cálculo diferencial e integral junto con Leibniz y escribió los Principia Mathematica (1687). Todo eso es históricamente sólido y no admite discusión. Pero los baúles contaban otra historia.

Los manuscritos alquímicos de Newton suman aproximadamente 650.000 palabras, una cifra que supera con creces sus escritos de física y matemáticas. En ellos copiaba, traducía y comentaba a los grandes alquimistas medievales y renacentistas, y añadía sus propias reflexiones experimentales sobre la transmutación de metales, la búsqueda de la piedra filosofal y algo que él llamaba el "Sopho de la Naturaleza", un principio activo capaz de animar la materia. The Newton Project, con sede en la Universidad de Oxford, ha digitalizado y publicado la mayor parte de estos documentos, de modo que cualquiera puede consultarlos hoy.

Newton no era un aficionado que garabateaba curiosidades en los márgenes. Sus cuadernos alquímicos revelan un estudioso sistemático que sometía los textos herméticos al mismo rigor analítico que aplicaba a la óptica. Construyó su propio horno en Cambridge y realizó experimentos reales con metales. Sufrió en 1693 lo que sus biógrafos han llamado un "colapso nervioso" de dieciocho meses, episodio que algunos investigadores vinculan a una posible intoxicación por mercurio derivada de sus trabajos de laboratorio, aunque la causa exacta sigue siendo objeto de debate.

El "spiritus mundanus" y la gravedad

Lo que más fascina a los historiadores de la ciencia es la posible relación entre las ideas alquímicas de Newton y su física. En los manuscritos, Newton busca con insistencia lo que llama el spiritus mundanus o éter activo: una fuerza sutil, invisible, que lo impregnaría todo y sería el agente de la acción a distancia. Los alquimistas habían llamado a algo similar el "espíritu universal" o la "quinta esencia".

"¿Puede ser que los cuerpos y la luz actúen recíprocamente unos sobre otros? ¿Y que de esta acción surja el calor de los cuerpos?"

La pregunta es del propio Newton, tomada de su Óptica. En ella late la misma intuición que lo obsesionó en los laboratorios alquímicos: la naturaleza opera mediante principios activos ocultos que la mera mecánica no captura del todo. La gravedad, tal como Newton la formuló, era en su concepción algo profundamente incómodo para un mecanicista estricto: una fuerza que actúa a distancia sin medio material visible. No es descabellado, aunque tampoco demostrable, que su familiaridad con la idea hermética de simpatías y correspondencias universales lo hiciera más dispuesto a aceptar esa "acción a distancia" que tanto escandalizó a sus contemporáneos como Leibniz.

El lector del Libro de Daniel

Junto a la alquimia, los manuscritos revelan una segunda obsesión privada: la teología. Newton era cristiano, pero de una variante muy heterodoxa. Rechazaba la Trinidad, doctrina que consideraba una corrupción posterior del mensaje original del Evangelio, posición conocida como arrianismo que en su época podría haberle costado la carrera y quizá la libertad. Escribió más de un millón de palabras sobre teología, y una parte sustancial se dedicó al Libro de Daniel y al Apocalipsis como códigos proféticos cuyo desciframiento permitiría conocer la cronología del fin de los tiempos.

Newton calculó, con la misma pulcritud con que calculaba órbitas, que el fin del mundo no podría llegar antes de 2060. La noticia de ese manuscrito, publicada por la Royal Society en 2003, dio la vuelta al mundo. Conviene la cautela del cronista: que Newton realizara esos cálculos es un hecho histórico verificable; que sus predicciones sean fiables es otra cuestión enteramente distinta, y nada en ellas tiene validez científica.

La doble vida de un genio

¿Cómo se explica que el mismo hombre que formuló la ley de la gravitación universal creyera en la posibilidad de transmutar metales? La respuesta más honesta es que Newton vivió en un momento de transición en que esas dos empresas no le parecían contradictorias. La ciencia moderna, tal como la entendemos, estaba siendo inventada en parte por él mismo, pero el horizonte intelectual en que vivió incluía aún como posibilidades serias muchas cosas que el siglo XIX desterraría definitivamente al terreno de la superstición.

Además, Newton estaba convencido de que los antiguos —Pitágoras, Hermes Trismegisto, los sacerdotes egipcios— habían conocido verdades profundas sobre la naturaleza que la modernidad había olvidado, y que la tarea del sabio era recuperarlas. Su proyecto, visto desde dentro, era coherente: descifrar el libro de la naturaleza y el libro sagrado porque ambos estaban escritos por el mismo autor.

La figura del Newton alquimista no resta nada al Newton matemático. Lo que hace es devolvernos a un ser humano complejo, que no cabe en el monumento que la posteridad le construyó, y que nos recuerda que incluso las inteligencias más portentosas trabajan dentro de los horizontes de su tiempo y de sus propios deseos. Keynes tenía razón: era el último de los magos. Y eso, lejos de disminuirlo, lo hace todavía más extraordinario.

Fuentes y para saber más

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