Isaac Newton, el último de los magos
El mayor científico de la historia moderna pasó más tiempo haciendo alquimia que física. Sus manuscritos secretos revelan a un Newton que la posteridad prefirió ocultar.
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Isaac Newton (1643-1727) es el científico más influyente de la historia moderna: formuló las leyes de la gravitación universal, inventó el cálculo y describió la luz como espectro. Lo que los manuales escolares rara vez mencionan es que Newton pasó más tiempo en su laboratorio alquímico que en el matemático, y que dejó más de un millón de palabras escritas sobre alquimia, hermetismo y profecía bíblica. El mismo hombre que describió el universo como una máquina de reloj creía que esa máquina era el pensamiento vivo de Dios.
El manuscrito que Keynes compró en 1936
En 1936, el economista John Maynard Keynes adquirió en subasta una caja de manuscritos que habían pertenecido a Newton y llevaban dos siglos sin abrirse. Lo que encontró lo dejó perplejo. Aquellas páginas no contenían física ni matemáticas, sino densas anotaciones sobre la Tabla Esmeralda, traducciones al latín de textos alquímicos, cálculos sobre la proporción del Templo de Salomón y comentarios sobre las profecías del libro de Daniel. Keynes, uno de los grandes economistas del siglo XX y un lector exigente, escribió en su ensayo sobre Newton una frase que se ha vuelto canónica: "Newton no era el primero de los racionalistas. Era el último de los magos."
Las cifras son inequívocas. El volumen de manuscritos alquímicos de Newton supera al de sus escritos matemáticos y físicos combinados. Durante al menos treinta años, entre 1660 y 1696, trabajó en secreto sobre hornos, crisoles y destilaciones buscando la materia prima de los alquimistas. Anotó y copió cientos de tratados herméticos, inventó su propio sistema de clasificación y nunca publicó nada de todo ello. El hermetismo era, para él, demasiado sagrado para entregarlo a la imprenta.
La Tabla Esmeralda y la teología heterodoxa
Newton copió y anotó la Tabla Esmeralda en latín. El lema hermético "como es arriba, es abajo" era para él una descripción literal de un universo donde las mismas leyes regían el movimiento de los planetas y el de las partículas de materia. Su teoría de la gravedad, que describe una fuerza que actúa a distancia sin contacto físico, fue atacada por los filósofos cartesianos precisamente porque se parecía demasiado a una acción mágica. Newton nunca explicó el mecanismo de la gravedad porque, en privado, lo entendía como una manifestación del espíritu divino que atraviesa la materia.
Su teología era igualmente heterodoxa. Newton fue un arriano convencido: negaba la divinidad de Cristo y rechazaba el dogma de la Trinidad, una herejía que le habría costado la posición en Cambridge de haber sido conocida. Estudió obsesivamente las profecías de Daniel y del Apocalipsis para reconstruir la cronología secreta de Dios, y creía que la Biblia, los textos herméticos y la alquimia transmitían en clave la misma "sophia perennis", la sabiduría universal que Dios había revelado a los antiguos y que las iglesias habían corrompido.
"Newton no era el primero de los racionalistas. Era el último de los magos." — John Maynard Keynes, 1946.
La paradoja que la historia tardó en ver
Durante casi dos siglos, los herederos de Newton ocultaron o destruyeron sus escritos más comprometedores. La imagen del gran racionalista, padre de la ciencia moderna, se construyó en parte sobre ese silencio. Cuando los manuscritos salieron a la luz en el siglo XX, los historiadores de la ciencia tuvieron que recomponer una figura mucho más compleja y más interesante que la del dios frío de los libros de texto.
La paradoja de Newton no es que fuera un gran científico que también creyó en tonterías. La paradoja es que en su cabeza no existía esa separación. Para Newton, estudiar la naturaleza y descifrar los textos herméticos eran dos rutas hacia el mismo conocimiento: la mente de Dios expresada en leyes y en símbolos. Que el método experimental resultara fecundo y la alquimia, estéril, es un veredicto que solo la posteridad pudo dictar. Newton no lo sabía porque nadie podía saberlo todavía.
Su figura nos recuerda que la ciencia moderna no surgió de mentes que ya pensaban como nosotros, sino de mentes atrapadas entre dos mundos que luchaban por entender uno solo. Esa tensión, lejos de ser un defecto, fue quizá la fuente de la energía que le permitió ir tan lejos.