Schrödinger, el Vedanta y la única conciencia
El físico cuántico que descubrió la ecuación de onda terminó convencido de que los Upanishads tenían razón: la multiplicidad de conciencias individuales es una ilusión.
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Erwin Schrödinger (1887-1961) es el físico cuántico más conocido del mundo, aunque no por las razones que él habría preferido. Su nombre popular está unido a un experimento mental sobre un gato que está vivo y muerto a la vez, una paradoja que él mismo formuló para criticar, no para celebrar, la interpretación ortodoxa de la mecánica cuántica. Pero lo que fascinaba de verdad a Schrödinger era una pregunta que ninguna ecuación podía responder: ¿qué es la conciencia, y por qué hay una sola?
La ecuación de onda y el libro que inspiró el ADN
Schrödinger nació en Viena en 1887 en el seno de la alta burguesía cultivada austríaca. En 1926 derivó la ecuación de onda que lleva su nombre, el corazón matemático de la mecánica cuántica, que describe cómo evoluciona en el tiempo el estado cuántico de un sistema físico. Ese logro le valió el Premio Nobel de Física de 1933, compartido con Paul Dirac.
En 1944 publicó un libro breve y extraordinario, ¿Qué es la vida?, donde argumentó que los genes debían ser moléculas aperiódicas capaces de almacenar información. Francis Crick y James Watson, cuando años después buscaban la estructura de la molécula hereditaria, mencionaron a Schrödinger entre sus inspiraciones. El descubrimiento de la doble hélice del ADN en 1953 fue, en parte, una respuesta a la pregunta de Schrödinger. No hay muchos físicos cuya obra haya dado pie directamente a una de las mayores revelaciones de la biología molecular.
El Vedanta y la unidad de la conciencia
Schrödinger leyó los Upanishads antes de la Primera Guerra Mundial, en Viena, cuando el orientalismo culto era parte del paisaje intelectual de Europa Central. Aquellas lecturas dejaron en él una huella que la mecánica cuántica, en lugar de borrar, profundizó. En su libro Mente y Materia (1956), su última obra importante, Schrödinger planteó una tesis que sorprendió a sus colegas físicos: la multiplicidad de conciencias individuales es una ilusión. Solo existe una Conciencia.
"La conciencia no puede ser plural. El número de mentes en el universo es simplemente uno." — Erwin Schrödinger, Mente y Materia, 1956.
El argumento de Schrödinger no era metafórico. Partía de la física y llegaba a la filosofía: si la mecánica cuántica disuelve la frontera nítida entre observador y observado, si el acto de medir modifica lo medido de manera irreducible, entonces la noción de un sujeto separado del mundo que estudia se vuelve problemática. La solución que propuso no era físico-matemática, sino filosófica: el Atman del Vedanta Advaita, la idea de que la conciencia individual y la conciencia universal son la misma cosa, expresada de formas distintas. Lo que los Upanishads formulaban como "Atman es Brahman", Schrödinger lo reformulaba desde la física teórica.
Una herejía elegante
Sus colegas lo miraron con escepticismo. La mayoría de los físicos separan cuidadosamente la física de la metafísica y consideran que las ecuaciones no dicen nada sobre la naturaleza de la conciencia. Schrödinger sabía perfectamente que sus argumentos no eran demostraciones en el sentido físico, y así lo reconoció. Pero los sostuvo hasta el final, porque le parecían más coherentes que la alternativa: aceptar que en un universo de partículas en estados superpuestos surge, por algún mecanismo desconocido, la experiencia subjetiva de millones de seres separados.
La pregunta que Schrödinger dejó abierta sigue siendo una de las más activas en la neurociencia y la filosofía de la mente contemporáneas. El "problema difícil de la conciencia", formulado décadas después por el filósofo David Chalmers, es exactamente el mismo problema que Schrödinger abordó desde los Upanishads. Que la tradición Advaita hindú lo hubiera planteado veinte siglos antes no lo convierte en respuesta verificada, pero sí en una intuición con una tenacidad filosófica notable.
Schrödinger murió en Viena en 1961, en la ciudad donde había leído a los Upanishads de joven. Su legado científico es indiscutible. Su herencia filosófica es más incómoda y más honesta: la de un hombre que entendía las ecuaciones mejor que nadie y que, precisamente por eso, sospechaba que las ecuaciones no bastaban.