Cagliostro y la masonería egipcia: mito y estafa
Giuseppe Balsamo, alias conde de Cagliostro, fundó el Rito Egipcio de la masonería en el siglo XVIII, entre la promesa de regeneración espiritual y la sombra del fraude.
Crónica de Tarotgratuito.net
Cagliostro fue el nombre adoptado por Giuseppe Balsamo, aventurero siciliano del siglo XVIII que se proclamó conde, sanador y mago, y que fundó la llamada masonería egipcia, un rito esotérico que prometía la regeneración física y moral del iniciado. Su importancia radica en haber sido, a la vez, uno de los grandes ocultistas y uno de los más célebres impostores de su época.
De Palermo a las cortes de Europa
Los datos verificables sobre su origen proceden, paradójicamente, de los archivos de la Inquisición. Giuseppe Balsamo nació en Palermo en 1743, en un entorno humilde, y desde joven se vinculó a falsificaciones y pequeñas estafas. Tras casarse con Lorenza Feliciani, recorrió Europa reinventándose: primero como vendedor de elixires y filtros, después como aristócrata y maestro de ciencias secretas bajo el nombre de Alessandro, conde de Cagliostro.
Su ascenso fue meteórico. Se le abrieron salones en Londres, Estrasburgo, París y San Petersburgo. Ofrecía curaciones, predicciones y la fabricación de oro y diamantes. La leyenda sostiene que sanó a enfermos desahuciados y que adivinó números premiados; los documentos, más prosaicos, registran una sucesión de admiradores entusiastas y de acreedores furiosos.
El Rito Egipcio
Hacia 1784, en Lyon, Cagliostro estructuró su gran creación: la masonería egipcia. Afirmaba haber recibido sus secretos de un misterioso maestro llamado Althotas y de fuentes que se remontaban a los sacerdotes del antiguo Egipto. El rito admitía a hombres y mujeres, algo inusual, e incorporaba ceremonias de invocación, vestiduras simbólicas y la promesa de una doble regeneración: física, que devolvería la juventud, y moral, que conduciría a la perfección espiritual.
"Mi nombre es el del que existe por sí mismo." — frase atribuida a Cagliostro durante sus ceremonias.
Hay que distinguir aquí lo cierto de lo pretendido. Es cierto que Cagliostro creó y difundió este rito, con logias en varias ciudades. No es cierto, en cambio, que tuviera raíces faraónicas auténticas: la egiptomanía del siglo XVIII, anterior incluso a la campaña napoleónica, proporcionó un decorado exótico que Cagliostro supo explotar magistralmente. La masonería regular, de hecho, nunca reconoció su sistema.
El affaire del collar y la caída
Su perdición llegó con un hecho histórico bien documentado: el escándalo del collar de la reina, en 1785, una intriga de estafa que salpicó a la corte de María Antonieta. Aunque Cagliostro fue finalmente absuelto de participación directa, pasó meses en la Bastilla y su prestigio quedó herido de muerte. Expulsado de Francia, su deriva lo llevó a Roma.
Allí, en 1789, la Inquisición lo arrestó por hereje, mago y francmasón. Condenado a muerte, la pena le fue conmutada por cadena perpetua. Murió en la fortaleza de San Leo en 1795. No hay prueba documental de poder sobrenatural alguno; lo que los archivos confirman es la trayectoria de un hombre extraordinariamente persuasivo, atrapado al fin por el mismo entramado de mentiras y verdades a medias que lo había encumbrado.
El enigma que sobrevive
¿Charlatán o iniciado sincero? La historiografía se inclina mayoritariamente por ver en Cagliostro a un estafador genial, pero algunos estudiosos matizan que pudo creer, al menos en parte, en sus propios poderes. Goethe se interesó por su caso y Alejandro Dumas lo convirtió en personaje literario, prueba de la fascinación que despertó mucho después de su muerte.
Cagliostro encarna una verdad incómoda del fenómeno esotérico: la frontera entre el maestro espiritual y el impostor no siempre es nítida, y a menudo se dibuja según quién narre la historia. Su legado no es el oro que prometió, sino la advertencia perdurable de que el ansia de lo maravilloso puede ser, ella misma, la materia con la que se construyen los milagros falsos.