Avicena y sus tres escritos esotéricos persas
Avicena (Ibn Sina), gran filósofo y médico persa del siglo XI, dejó tres alegorías místicas, entre ellas Hayy ibn Yaqzan, donde la razón se abre a lo trascendente.
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Avicena, cuyo nombre árabe es Ibn Sina, fue un filósofo, médico y polímata persa del siglo XI, una de las cumbres del pensamiento islámico medieval, autor de una trilogía de breves relatos alegóricos que constituyen su vertiente esotérica y mística. Importa porque en esos escritos el más riguroso de los lógicos abrió una puerta hacia lo inefable, anticipando lo que después se llamaría filosofía iluminativa.
El sabio de Bujará
Abu Ali al-Husayn ibn Sina nació hacia el año 980 cerca de Bujará, en la actual Uzbekistán, entonces parte del mundo persa. Niño prodigio, dominó el Corán, la lógica, la medicina y la metafísica antes de la edad adulta. Su Canon de medicina fue durante siglos texto de referencia en Oriente y en las universidades europeas, y su Libro de la curación sistematizó la filosofía aristotélica enriquecida con el neoplatonismo. Estos son hechos sólidamente documentados por la historia de la ciencia.
Pero junto al filósofo sistemático existió otro Avicena, más íntimo y simbólico. En las últimas etapas de su vida, marcadas por el exilio y la inestabilidad política, compuso obras donde el lenguaje del concepto cedía ante el de la imagen. Es la dimensión que el orientalista Henry Corbin estudió con detalle, calificándola de "avicenismo oriental".
Las tres alegorías
La tradición agrupa tres relatos breves que conforman su llamado ciclo esotérico. El primero y más célebre es Hayy ibn Yaqzan ("El viviente, hijo del despierto"), donde un sabio anciano y luminoso guía al narrador en un viaje simbólico por las regiones del cosmos y del alma. El segundo es Risalat al-Tayr ("La epístola del pájaro"), alegoría del alma que, atrapada en redes, emprende el vuelo de retorno hacia su origen. El tercero suele identificarse con Salaman wa Absal, relato de amor y renuncia que admite lectura espiritual.
"Te lo describiré si te despojas de la familiaridad con tu cuerpo." — pasaje atribuido a la voz del guía en Hayy ibn Yaqzan.
Conviene una aclaración para no confundir leyendas con datos: el título Hayy ibn Yaqzan reaparece más tarde en una obra muy distinta del filósofo andalusí Ibn Tufayl, en el siglo XII. Son textos diferentes que comparten nombre del protagonista pero no contenido. El de Avicena es una visión cosmológica iniciática; el de Ibn Tufayl, una fábula del autodidacta en una isla desierta. Atribuirlos al mismo autor es un error frecuente.
Razón que se vuelve mística
Lo fascinante de estos escritos es que no reniegan de la razón, sino que la prolongan. Avicena no era un irracionalista: era el lógico más afilado de su tiempo. En sus alegorías, el conocimiento intelectual se convierte en peldaño hacia una intuición superior, un saber del alma que contempla directamente las realidades inteligibles. No hay magia ni prodigio en ello, sino una epistemología en la que la inteligencia activa, principio cósmico, ilumina al entendimiento humano.
Henry Corbin sostuvo que estos relatos inauguraban un modo de filosofar a través del símbolo que influiría en Suhrawardi y en toda la corriente iluminativa persa. La afirmación es una interpretación académica respetada, aunque debe presentarse como tesis y no como dogma: otros estudiosos leen los relatos en clave más estrictamente alegórica y didáctica.
El vuelo del alma
Avicena murió hacia 1037, agotado por una vida de trabajo incesante y de fortunas cambiantes al servicio de distintos príncipes. Dejó tras de sí una de las obras más vastas de la Edad Media, pero quizá nada exprese mejor su mundo interior que esos pájaros que, en su epístola, rompen las redes para ascender hacia la luz.
En la lectura de estas alegorías late una idea que cruza siglos y culturas: que el verdadero viaje no es por el espacio exterior, sino por las regiones del propio espíritu, y que la razón, llevada hasta su extremo, no clausura el misterio sino que nos deposita ante su umbral. En ese gesto, el médico de Bujará sigue dialogando con quien hoy se atreve a leerlo.