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Filosofía oculta · 4 min

El dilema del tranvía: moral, neurociencia y karma

Philippa Foot (1967) y Judith Jarvis Thomson (1976) diseñaron un experimento mental que revela la estructura incoherente de nuestra moral. La neurociencia de Harvard lo confirmó con escáneres.

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En 1967, la filósofa Philippa Foot publicó un artículo sobre ética normativa que incluía una pregunta de apariencia sencilla y consecuencias filosóficas inagotables. Desde entonces, el dilema del tranvía, en inglés trolley problem, se ha convertido en el experimento mental más utilizado de la ética contemporánea y en un espejo donde se refleja la estructura profunda de nuestra moral.

El dilema y su variante

Un tranvía descontrolado avanza por una vía hacia cinco personas atadas a los raíles, que morirán si el tranvía las alcanza. Tú estás junto a una palanca que desvía el tranvía hacia una vía lateral, donde solo hay una persona atada. Si accionas la palanca, matas a una persona y salvas a cinco. ¿Qué haces? La inmensa mayoría de los encuestados, alrededor del 85%, responde que accionaría la palanca.

Judith Jarvis Thomson introdujo en 1976 una variante que cambia la intuición moral de manera radical. Ahora estás en un puente sobre la vía y el tranvía se acerca a las cinco personas. A tu lado hay un hombre corpulento cuyo cuerpo, si lo empujas al vacío, detendría el tranvía. La aritmética es idéntica: una vida a cambio de cinco. Pero el 85% de los encuestados responde ahora que no empujaría al hombre. ¿Por qué la misma operación matemática produce juicios morales opuestos?

La neurociencia de la moral

El filósofo Joshua Greene, de la Universidad de Harvard, investigó este contraste con resonancia magnética funcional. Los resultados, publicados en Science en 2001, mostraron que ante el dilema de la palanca se activa preferentemente la corteza prefrontal, asociada al razonamiento deliberado; ante la variante del puente se activan además zonas como la amígdala y la corteza cingulada, vinculadas a la emoción y al procesamiento del daño físico directo. En el segundo caso, la emoción de imaginar el contacto físico interfiere con el cálculo puramente consecuencialista.

"Nuestros juicios morales no son solo cálculos fríos ni solo emociones brutas; son una mezcla inestable de ambas, y cada dilema activa la mezcla de manera diferente." — Joshua Greene, Moral Tribes (2013).

Para los utilitaristas, la respuesta correcta en ambos casos es la misma: salvar cinco vidas a costa de una, sea como sea. Para los deontologistas kantianos, nunca es lícito usar a una persona como mero instrumento, por lo que no se debe empujar al hombre. La intuición de la mayoría coincide con la posición deontológica en el segundo caso y con la utilitarista en el primero, lo que sugiere que nuestro sistema moral no es coherente sino que combina principios distintos según el contexto.

Karma, moral objetiva y el peso de la acción directa

La pregunta que subyace a todos estos dilemas es si existe la moral objetiva. Si nuestros juicios morales son el resultado de la evolución y de la cultura, como parece sugerir la neurociencia, ¿existe algún fundamento independiente de lo que está bien y lo que está mal? La ética filosófica lleva siglos intentando responder. Las respuestas van desde el realismo moral, que afirma que hay hechos morales objetivos con independencia de los juicios humanos, hasta el escepticismo moral que lo niega.

El esoterismo y muchas tradiciones espirituales han respondido con el concepto de karma: la acción genera consecuencias que retornan al agente, una ley cósmica que no depende de los juicios sociales. Desde este marco, la distinción entre accionar una palanca y empujar con las propias manos sería moralmente irrelevante, porque ambas acciones producen el mismo resultado causal. Pero la emoción que registraron los escáneres de Greene sugiere que, evolutivamente, nuestro sistema moral distingue muy bien entre la violencia mediada y la violencia directa. Si el karma opera sobre las acciones y no solo sobre las intenciones, ¿cobra importancia el modo de actuar? El dilema del tranvía convierte una pregunta abstracta en una de esas raras preguntas filosóficas que nadie puede responder desde la comodidad de la teoría.

Fuentes y para saber más

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