Los sangomas de Sudáfrica: los curanderos elegidos por los ancestros
Entre 200.000 y 500.000 sangomas ejercen en Sudáfrica; el 80 % de la población consulta un curandero tradicional antes que al médico. La iniciación —la thwasa— la imponen los ancestros mediante una crisis de salud que no cesa hasta que el elegido acepta su vocación.
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En Sudáfrica, cuando una persona enferma de una manera que la medicina convencional no explica del todo, o cuando necesita orientación ante una decisión difícil, es probable que busque a un sangoma antes de ir al médico. Según datos del Departamento de Salud de Sudáfrica, aproximadamente el 80 por ciento de la población sudafricana recurre a los servicios de un curandero tradicional en algún momento de su vida, y en muchos casos la consulta es el primer paso antes del sistema sanitario oficial. Esa cifra no es anecdótica: refleja la vigencia de un sistema de conocimiento en el que los ancestros llevan siglos eligiendo a quienes los representan entre los vivos.
Los elegidos por los ancestros
Sangoma es un término zulú y xhosa —dos de las principales lenguas bantúes de Sudáfrica— que designa a un tipo específico de curandero espiritual cuya vocación no se elige sino que se recibe. Los sangomas son llamados por los izinyanya, los espíritus de los ancestros, que manifiestan esa llamada a través de un proceso conocido como ukuphiliswa: una crisis de salud persistente y rebelde a los tratamientos convencionales, que el grupo interpreta como la señal de los ancestros reclamando a uno de los suyos para el oficio. Si la persona ignora el llamado, la crisis se agrava; si lo acepta, comienza la iniciación.
El proceso de iniciación, llamado thwasa, puede durar entre uno y tres años bajo la guía de un maestro sangoma. Durante ese tiempo, el aprendiz aprende a identificar más de 600 plantas medicinales y sus usos terapéuticos, a interpretar sueños —canal privilegiado de comunicación con los ancestros—, a «tirar los huesos» (ukuphosa amathambo), técnica adivinatoria con un conjunto de trece o más objetos que incluyen huesos de animales, conchas, semillas y piedras, y a entrar en estados de trance durante las ceremonias de posesión espiritual.
Los huesos, el trance y el conocimiento de las plantas
«Tirar los huesos» es probablemente la práctica más conocida de los sangomas, aunque su complejidad rara vez se refleja en las representaciones populares. El conjunto de objetos adivinatorios no es aleatorio: cada pieza tiene una posición y un significado específico, y la lectura depende de la configuración que forman al caer, de los sueños que el sangoma ha tenido previamente y de la información que los ancestros transmiten durante la sesión. Es, en sentido literal, un sistema de diagnóstico: no solo de enfermedades físicas, sino de conflictos relacionales, transgresiones rituales, amenazas o decisiones pendientes.
El conocimiento botánico de los sangomas ha atraído la atención de la medicina y la farmacología contemporáneas, con resultados ambivalentes. El Medical Research Council de Sudáfrica cuenta con una división dedicada a los sistemas de conocimiento indígena, y varios proyectos han catalogado el uso medicinal de plantas por curanderos tradicionales. Algunos estudios han confirmado propiedades farmacológicas de plantas empleadas en la medicina tradicional; otros han identificado preparados que contienen compuestos potencialmente tóxicos, especialmente cuando se administran a dosis altas o en combinación con fármacos convencionales. El MRC ha señalado la necesidad de revisar los protocolos de seguridad sin descalificar el sistema en su conjunto.
«Los ancestros no se equivocan de destinatario; si te eligieron, es porque ya tenías lo que necesitabas para servir.» — enseñanza transmitida en el proceso de thwasa.
Reconocimiento legal y tensiones contemporáneas
En 2004, el parlamento sudafricano aprobó la Ley de Profesionales de la Salud Tradicional, que reconoció legalmente a los curanderos tradicionales como parte del sistema de salud del país y creó un consejo regulador. La ley buscaba tanto proteger a los pacientes de prácticas fraudulentas como reconocer la legitimidad de un saber que la medicina colonial había menospreciado durante siglos. Su aplicación ha sido desigual, y el debate sobre los límites entre la regulación necesaria y la imposición de criterios ajenos sigue abierto.
Se estima que en Sudáfrica hay entre 200.000 y 500.000 sangomas activos, cifras que superan con creces al número de médicos convencionales en el país. Esa proporción es, por sí misma, un argumento sobre la realidad sanitaria del subcontinente, pero también sobre algo más difícil de cuantificar: la necesidad humana de un tipo de cuidado que no se agota en el diagnóstico clínico. Los sangomas no solo tratan síntomas; tratan relaciones, memorias, deudas con los ancestros y tensiones en el tejido comunitario. En ese sentido ofrecen algo que ningún escáner puede detectar ni ninguna pastilla puede prescribir: la posibilidad de ser visto en toda la profundidad de lo que uno es y de dónde viene.