Hildegarda de Bingen: visiones, música y ciencia
Abadesa, compositora y naturalista del siglo XII, Hildegarda de Bingen unió visiones místicas y observación del mundo natural en una de las mentes más completas de la Edad Media.
Crónica de Tarotgratuito.net
Hildegarda de Bingen fue una abadesa benedictina alemana del siglo XII, mística, compositora, escritora y naturalista, considerada una de las figuras intelectuales más extraordinarias de toda la Edad Media. Su importancia radica en haber unido, en una misma vida, la visión religiosa más intensa con una curiosidad casi científica por el mundo natural, en una época en que la voz de una mujer rara vez alcanzaba semejante autoridad.
La décima hija ofrecida a Dios
Hildegarda nació hacia 1098 en Bermersheim, en la región del Rin, en el seno de una familia noble. Era, según las crónicas, la décima de sus hijos, y siendo niña fue confiada al cuidado de la reclusa Jutta de Sponheim, en el monasterio de Disibodenberg. Allí recibió una formación religiosa y aprendió a leer el latín litúrgico. A la muerte de Jutta, hacia 1136, Hildegarda fue elegida superiora de la comunidad de monjas, y años después fundó su propio monasterio en Rupertsberg, cerca de Bingen.
Desde la infancia afirmó tener visiones, una experiencia que describió como una "luz viviente". Conviene aquí la prudencia del historiador: lo que Hildegarda relató pertenece a su experiencia interior y a la tradición mística cristiana, y no es objeto de verificación. Algunos investigadores modernos han especulado, sin que pueda probarse, que ciertos rasgos de sus visiones podrían relacionarse con la migraña; pero se trata de hipótesis retrospectivas. Lo histórico es que ella las vivió como revelaciones divinas y que tardó décadas en atreverse a divulgarlas.
Una mística reconocida por la Iglesia
Hacia 1141, Hildegarda dijo recibir la orden divina de poner por escrito lo que veía. El resultado fue Scivias ("Conoce los caminos"), la primera de sus tres grandes obras visionarias, a la que seguirían el Liber vitae meritorum y el Liber divinorum operum. Lo decisivo, desde el punto de vista histórico, es que su obra obtuvo respaldo eclesiástico: el papa Eugenio III, según las crónicas con el aval de Bernardo de Claraval, aprobó la lectura pública de sus escritos hacia 1147.
"Soy una pluma sobre el aliento de Dios."
Ese reconocimiento le otorgó una libertad insólita. Hildegarda mantuvo correspondencia con papas, emperadores como Federico Barbarroja, abades y reyes, a quienes no dudó en amonestar. Predicó en público, algo excepcional para una mujer de su tiempo, en giras por ciudades del Rin. Su autoridad no derivaba de un cargo eclesiástico, vedado a las mujeres, sino del prestigio de sus visiones y de la fuerza de su inteligencia.
Música, medicina y observación de la naturaleza
El genio de Hildegarda desbordó con mucho lo místico. Compuso un amplio corpus de música litúrgica, reunido bajo el título Symphonia armonie celestium revelationum, de una melodía amplia y singular que hoy se interpreta y graba con regularidad. Escribió además Ordo virtutum, una de las primeras obras dramáticas musicales conocidas, una suerte de auto moral cantado.
Igualmente notables son sus escritos sobre el mundo natural y la medicina, principalmente Physica y Causae et curae. En ellos describió plantas, animales, piedras y sus presuntas propiedades curativas, recogiendo el saber empírico de su tiempo. Es importante el matiz: buena parte de esos remedios reflejan la medicina medieval, con su mezcla de observación real y de teorías hoy superadas, como la doctrina de los humores. No deben leerse como ciencia moderna, sino como un valioso testimonio del conocimiento naturalista del siglo XII, en el que la observación atenta convivía con la interpretación simbólica.
Una sabiduría que atraviesa los siglos
Hildegarda murió en 1179, ya en vida considerada santa por muchos. Sin embargo, su canonización formal tardó siglos en llegar: solo en 2012 el papa Benedicto XVI la proclamó santa y, poco después, doctora de la Iglesia, uno de los reconocimientos más altos del catolicismo, otorgado a muy pocas mujeres. Este dato muestra hasta qué punto su figura ha cobrado nueva relevancia en tiempos recientes.
Hildegarda de Bingen desafía las categorías fáciles. No fue una científica en el sentido actual, ni puede reducirse a una visionaria aislada del mundo. Fue una mente integradora que no veía contradicción entre contemplar a Dios y estudiar las propiedades de una hierba, entre componer un canto y diagnosticar una dolencia. En una era que solemos imaginar oscura, su obra recuerda que el asombro ante lo sagrado y la curiosidad por lo concreto pueden brotar de un mismo impulso, y que esa unión, lejos de ser ingenua, fue una de las formas más altas de inteligencia de su tiempo.