Gurdjieff y el Cuarto Camino: el maestro que nos llamó dormidos
G.I. Gurdjieff, el más enigmático de los maestros espirituales del siglo XX, enseñó que los seres humanos viven como máquinas dormidas y que el despertar exige trabajo en medio de la vida ordinaria.
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G.I. Gurdjieff es el maestro espiritual del siglo XX más difícil de definir con precisión. Ni su nombre completo ni su fecha ni su lugar de nacimiento están establecidos con certeza documental: las fuentes oscilan entre 1866 y 1877, y el lugar entre Alexandropol —la actual Gyumri, en Armenia— y algún punto impreciso entre el Cáucaso y Grecia. Ese misterio fundacional no es accidental: Gurdjieff cultivó deliberadamente el enigma como instrumento pedagógico, convencido de que las certezas fáciles adormecen la atención.
El sueño del hombre y el recuerdo de sí
El núcleo de su enseñanza es una afirmación incómoda: los seres humanos no están despiertos. Actuamos, hablamos, amamos y sufrimos de forma automática, impulsados por hábitos, reflejos e identificaciones que confundimos con nuestra voluntad. Somos, en su fórmula más citada, máquinas que creen ser hombres. No hay, en el ser humano ordinario, un "yo" real y estable: solo una multitud de pequeños yos provisionales que se suceden sin conocerse entre sí, como actores distintos que ocupan el mismo escenario sin saber que comparten obra.
La práctica central que propone para salir de ese estado es el "recuerdo de sí": el esfuerzo sostenido de estar presente ante uno mismo, de observar sin juzgar los propios mecanismos, de no identificarse con ninguno de los estados que se suceden en la conciencia. Gurdjieff insistía en que esta práctica no requería monasterio ni retiro: se trabaja en la vida cotidiana, en el trabajo, las relaciones y las fricciones de cada día. De ahí el nombre con que la posteridad bautizó su sistema: el Cuarto Camino. Frente a los tres caminos tradicionales —el del fakir, que trabaja el cuerpo; el del monje, que trabaja la emoción; el del yogui, que trabaja la mente—, su vía integra los tres en el marco de la vida ordinaria.
El Institut y los Movimientos
En 1922 Gurdjieff fundó el Institut pour le Développement Harmonique de l'Homme en el château du Prieuré, en Fontainebleau. Allí reunió a discípulos de distintas procedencias, los sometió a trabajo físico intenso, privación de sueño controlada y ejercicios de atención en circunstancias diseñadas para producir fricción interior. La escritora Katherine Mansfield fue el caso más conocido: llegó en los últimos meses de su tuberculosis buscando no una cura médica sino una transformación interior, y murió allí en enero de 1923. El episodio ha alimentado tanto la admiración como la crítica hacia los métodos de Gurdjieff.
Los Movimientos —danzas sagradas de una complejidad técnica extraordinaria, inspiradas según él en tradiciones sufíes y monásticas de Asia Central— son uno de sus aportes más singulares. Cada secuencia exige la coordinación simultánea del movimiento corporal, la atención mental y el estado emocional. La dificultad técnica es deliberada: impide el funcionamiento automático y obliga a una presencia real que, según Gurdjieff, produce efectos en el ser del practicante que ninguna instrucción verbal puede lograr.
"El hombre es una máquina. Todos sus actos, palabras, pensamientos, sentimientos, opiniones y hábitos son resultados de influencias externas." — G.I. Gurdjieff, según el relato de P.D. Ouspensky.
La controversia y el legado
Gurdjieff fue también un personaje deliberadamente perturbador. Sus métodos podían ser tiernos o brutales según la ocasión, y la acusación de manipulación ha acompañado su memoria. P.D. Ouspensky, que sistematizó sus ideas en En busca de lo milagroso (publicado en 1949, tras la muerte de ambos), y John G. Bennett, que las difundió en el mundo anglosajón, acabaron distanciándose de él aunque reconocieron siempre la profundidad de lo recibido. Ouspensky llegó a afirmar que nunca había encontrado un sistema capaz de responder mejor a sus preguntas, pese a no poder seguir al hombre que lo sostenía.
La pregunta sobre si Gurdjieff fue un maestro auténtico o un manipulador genial sigue sin respuesta definitiva, y probablemente esté mal formulada. Lo que los registros históricos confirman es que dejó en quienes lo conocieron una huella indeleble, y que sus ideas sobre el funcionamiento mecánico del ser humano y la necesidad de atención sostenida influyeron en corrientes tan diversas como la psicología transpersonal, ciertos enfoques del psicoanálisis y la meditación laica contemporánea.
Murió en París en octubre de 1949. Sus Relatos del hombre de Belcebú a su nieto, publicados ese año, son una de las obras más difíciles e inclasificables de la espiritualidad del siglo XX: novela, cosmología, sátira y manual de despertar al mismo tiempo. Leerlos exige exactamente lo que Gurdjieff pedía a sus discípulos: atención sostenida, esfuerzo activo y la disposición a no entender en la primera vuelta. Quizá esa incomodidad sea, en sí misma, la enseñanza principal.