Quito vive a casi 2.850 metros de altura, entre montañas y un centro histórico colonial declarado Patrimonio de la Humanidad que sigue siendo el orgullo de la ciudad. El quiteño tiene fama de ser más reservado y formal que el costeño, con un acento pausado y un trato cortés que se nota apenas se entra a la sala, aunque el humor termina apareciendo tarde o temprano.
Canelazo, locro y la rivalidad con Guayaquil
El canelazo caliente para las noches frías, el locro de papa, las empanadas de viento y el hornado de fin de semana son parte de la conversación gastronómica habitual. La eterna comparación con Guayaquil —el frío serrano contra el calor costeño, lo formal contra lo relajado— es un clásico que nunca falta y que casi siempre se vive con humor. El Panecillo, la Mitad del Mundo y el trolebús también son referencias que cualquier quiteño reconoce al instante.