Llevar la fe al instituto o a la universidad sin sentirse el raro del grupo, dudar en voz alta sobre la vocación sin que nadie lo convierta en un sermón, organizar la próxima quedada del grupo juvenil: de eso va esta sala, con el tono directo y sin solemnidad que se habla entre gente de una edad parecida.
Hay espacio para las preguntas incómodas que a veces cuesta hacer en el grupo presencial y para el ocio compartido desde los mismos valores. La idea es sencilla: que ser joven y cristiano no obligue a elegir entre las dos cosas ni a explicarse constantemente.