En un cielo sin contaminación lumínica, la Vía Láctea es la estructura más imponente que puede ver un ser humano a simple vista: una banda luminosa que cruza el firmamento de horizonte a horizonte, compuesta por cientos de miles de millones de estrellas. Durante la mayor parte de la historia humana fue omnipresente en las noches; hoy, el 80% de la humanidad vive en zonas donde nunca puede verla (Falchi et al., Science Advances, 2016). Esa pérdida de visibilidad es también una pérdida cultural.
Nuestra galaxia en cifras
La Vía Láctea es una galaxia espiral barrada de tamaño medio. Contiene entre 100.000 y 400.000 millones de estrellas (las estimaciones varían según el método de cálculo, pero la cifra de ~200.000 millones es la más citada). Su diámetro es de aproximadamente 100.000 años luz para el disco estelar, aunque el halo galáctico de gas tenue se extiende hasta 200.000 años luz o más.
Nuestro Sistema Solar se encuentra en el brazo de Orión, uno de los brazos espirales secundarios, a unos 26.000 años luz del centro galáctico. Orbita el centro de la galaxia a una velocidad de aproximadamente 220 km/s, completando una vuelta («año galáctico») en unos 225-250 millones de años terrestres. Desde que aparecieron los dinosaurios, la Tierra ha recorrido algo menos de un cuarto de vuelta galáctica.
La galaxia de Andrómeda (M31), nuestra vecina más próxima de tamaño comparable, se acerca a la Vía Láctea a unos 110 km/s y colisionará con ella en aproximadamente 4.500 millones de años. La fusión durará cientos de millones de años; las estrellas son tan espaciadas que es improbable que haya colisiones estelares directas, aunque las órbitas de muchos sistemas se alterarán drásticamente.
Sagitario A*: el agujero negro supermasivo del centro
En el centro de la Vía Láctea existe un objeto compacto de masa extraordinaria: Sagitario A* (pronunciado «Sagitario A estrella»), con una masa de aproximadamente 4 millones de veces la del Sol concentrada en un radio de menos de 20 veces el radio del Sol.
Su existencia era inferida desde los años 70 por el movimiento de estrellas cercanas al centro galáctico —en especial por los trabajos de Reinhard Genzel (Premio Nobel 2020) y Andrea Ghez (Premio Nobel 2020), quienes rastrearon durante décadas la órbita de las estrellas S2 y otras alrededor del objeto invisible—. Pero no fue fotografiado directamente hasta el 12 de mayo de 2022, cuando el Event Horizon Telescope (EHT) —una red de ocho radiotelescopios distribuidos por todo el planeta, desde el Polo Sur hasta Hawái y España— publicó la primera imagen del horizonte de sucesos de Sagitario A*. Tres años antes, el mismo proyecto había obtenido la primera imagen de un agujero negro: M87*, situado en la galaxia Messier 87 a 55 millones de años luz.
Un detalle importante sobre los agujeros negros que desmonta el mito popular: no «aspiran» todo lo que los rodea. Los cuerpos a distancia segura orbitan normalmente, igual que la Tierra orbita el Sol. El sistema solar nunca ha estado en peligro por la existencia de Sagitario A*.
El camino de las almas en las tradiciones del mundo
Antes de la contaminación lumínica, la Vía Láctea fue omnipresente en las noches humanas, y prácticamente todas las culturas la incorporaron a sus cosmologías.
En la mitología griega, su nombre refleja el origen del universo: «galaxias kyklos» (círculo de leche). Según el mito, el bebé Heracles fue puesto a mamar de la diosa Hera dormida; al despertar ella, retiró al niño bruscamente y su leche roció el cielo.
Para la civilización maya, la Vía Láctea era el Wakah Chan Te, el árbol del mundo, la Ceiba cósmica que conecta el inframundo con los cielos. El camino de las almas de los difuntos discurría por ella.
En el Antiguo Egipto se asociaba a la diosa Nut (el cielo en forma de mujer arqueada sobre la tierra) y al río celestial de Isis. Los textos de las pirámides describen a los faraones muertos ascendiendo por este río de luz.
En las tradiciones nórdicas, la Vía Láctea se llamaba Vintergatan (camino de invierno) y en algunas tradiciones conducía al Valhalla.
Este patrón transcultural no es misterioso: cuando un fenómeno visual es tan constante y grandioso, inevitablemente se convierte en símbolo de los grandes tránsitos —vida, muerte, destino—. El hecho de que hoy no podamos verla desde la mayoría de las ciudades es una forma de pobreza cultural que rara vez nombramos.
El principio antrópico: el universo «ajustado»
La física moderna ha revelado una coincidencia desconcertante: las constantes fundamentales del universo —la velocidad de la luz, la constante gravitacional, la carga del electrón, la constante de estructura fina— tienen exactamente los valores necesarios para que existan átomos estables, estrellas de larga duración y, en consecuencia, vida compleja. Si cualquiera de estas constantes variara en una fracción pequeña, el universo sería amorfo, sin estructuras ni química.
El principio antrópico débil, formulado por Brandon Carter en 1973, señala que esto no es sorprendente en sí mismo: solo podemos observar un universo que permite la existencia de observadores. Si las constantes fueran distintas, no habría nadie aquí para preguntarse por qué son como son.
Existen tres grandes interpretaciones de este ajuste fino. La primera es la coincidencia pura: las constantes son las que son, y nosotros somos el resultado contingente de ellas. La segunda es el diseño inteligente en sus diversas variantes teológicas o filosóficas. La tercera es el multiverso: si existen infinitas (o enormemente numerosas) regiones del universo con distintas constantes físicas, es estadísticamente inevitable que alguna de ellas tenga los valores adecuados para la vida; nosotros, necesariamente, habitamos una de esas regiones.
Ninguna de las tres interpretaciones es falsificable en sentido estricto con la ciencia actual. El ajuste fino del universo sigue siendo una de las grandes preguntas abiertas en la frontera entre la física, la filosofía y las tradiciones contemplativas del mundo.
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