Las experiencias cercanas a la muerte —ECM— llevan décadas en el radar de la investigación médica, pero rara vez con la rigurosidad que merecen. La mayoría de los estudios eran retrospectivos, basados en testimonios recogidos mucho después del evento, con todos los problemas de memoria y reelaboración narrativa que eso implica. El cardiólogo y científico Sam Parnia decidió abordar el problema de otra manera: diseñar un protocolo prospectivo y controlado que capturase las experiencias en el momento más cercano posible al paro cardíaco y, sobre todo, que incluyera un elemento de verificación objetiva.
El resultado fue el estudio AWARE (AWAreness during REsuscitation), publicado en Resuscitation en 2014. Fue el mayor estudio controlado sobre la conciencia durante el paro cardíaco realizado hasta esa fecha.
El estudio AWARE: diseño, resultados y el caso verificado
El protocolo de Parnia fue elegante en su concepción. En quince hospitales de Reino Unido, Estados Unidos y Austria se colocaron imágenes ocultas —figuras, símbolos, palabras— en estantes elevados dentro de las salas de reanimación, visibles solo desde arriba. La hipótesis: si algún paciente experimentaba una salida fuera del cuerpo genuina durante el paro cardíaco y podía describir correctamente esas imágenes, sería evidencia difícil de refutar de percepción extracorpórea real.
De 2060 pacientes adultos que sufrieron paros cardíacos durante el período del estudio, 330 sobrevivieron el tiempo suficiente para ser entrevistados. De estos, 101 (el 46%) tenían algún recuerdo del período de inconciencia. Solo 9 describían lo que los investigadores clasificaron como experiencias compatibles con una ECM clásica: paz, luz, revisión de vida. Dos pacientes tenían recuerdos detallados y verificables de procedimientos de reanimación. Solo uno —el famoso "caso 57"— describió correctamente eventos específicos que, según el análisis del equipo, habrían sido imposibles de percibir desde la posición del cuerpo en la cama: el sonido de una máquina específica, los movimientos del personal, detalles del entorno que coincidían con los registros del equipo médico.
El número de objetivos verificables alcanzados fue de uno sobre 152 objetivos disponibles. Es un resultado pequeño, pero Parnia fue cauteloso en su interpretación: el caso era real, pero la muestra era insuficiente para concluir nada definitivo. La mayoría de los objetivos visuales colocados en los estantes elevados nunca fueron comprobados porque los paros cardíacos rara vez ocurren en las zonas donde estaban instalados. El diseño fue más difícil de ejecutar de lo esperado.
El pico gamma en ratas: Borjigin et al., PNAS 2013
En agosto de 2013, un estudio completamente distinto llegó desde la Universidad de Míchigan. La neurocientífica Jimo Borjigin y su equipo publicaron en Proceedings of the National Academy of Sciences los resultados de un experimento con nueve ratas en las que se indujo paro cardíaco mientras se registraba su actividad cerebral mediante electroencefalografía de alta densidad.
Lo que encontraron contradijo la suposición estándar de que el cerebro simplemente se "apaga" durante el paro cardíaco. En los primeros 30 segundos después del cese de circulación, antes de que la falta de oxígeno produjera el colapso neuronal definitivo, el cerebro de las ratas mostraba un pico masivo y coherente de actividad en la banda gamma —la misma frecuencia asociada en humanos con la conciencia de vigilia, la atención y la integración de información—. La sincronía entre distintas regiones cerebrales durante ese pico era incluso superior a la observada en estado de vigilia normal.
El hallazgo generó titulares inmediatos: "el cerebro se activa en el momento de la muerte". La pregunta obvia era si ese pico de actividad gamma podría ser el sustrato neural de las experiencias cercanas a la muerte: una avalancha de procesamiento neural comprimida en los segundos previos al apagón definitivo.
Lo que los datos permiten concluir y lo que no
La cautela científica obliga a separar lo que los datos de Borjigin demuestran de lo que podrían implicar. El estudio demuestra que el cerebro de rata experimenta una explosión paradójica de actividad organizada en los momentos iniciales del paro cardíaco. No demuestra que esa actividad vaya acompañada de experiencia subjetiva en las ratas, ni que el mismo fenómeno ocurra en humanos con la misma intensidad y duración. La neurobiología humana y la rata son similares en muchos aspectos, pero no idénticas, y la escala temporal podría ser diferente.
Borjigin y su equipo fueron explícitos: sus datos son "compatibles con" la posibilidad de que el cerebro humano genere experiencias ricas durante los momentos iniciales del paro cardíaco, pero no la confirman. Para eso harían falta registros electrofisiológicos humanos durante paros cardíacos espontáneos con suficiente resolución temporal, algo técnicamente muy difícil de obtener.
Lo que estos dos estudios —el AWARE de Parnia y el gamma de Borjigin— tienen en común es que ambos abrieron preguntas que la neurociencia convencional había tendido a cerrar prematuramente. El cerebro durante la muerte clínica no es una pizarra en blanco. Algo ocurre, y todavía no sabemos exactamente qué. Para quien ha tenido o conoce a alguien que ha tenido una ECM, esa incertidumbre no es una evasión: es el reconocimiento honesto de que la ciencia, en este punto, está en su frontera.
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