Existe una narrativa cultural persistente que asume que las creencias en lo paranormal —la telepatía, el tarot, los fantasmas, la astrología— son el refugio de personas con poca educación o escasa capacidad crítica. La evidencia no la sostiene.
En 2011, el sociólogo Christopher Bader de la Baylor University publicó los resultados del Baylor Religion Survey, uno de los estudios más amplios realizados sobre creencias religiosas y paranormales en población adulta estadounidense. La conclusión fue desconcertante para quienes mantenían esa narrativa: no había diferencia estadísticamente significativa en la prevalencia de creencias paranormales entre personas con y sin educación universitaria.
Las personas con titulación universitaria creían en proporciones similares en la comunicación con los muertos, en los fenómenos psíquicos o en la astrología. Lo que variaba era el vocabulario para describirlas, no su frecuencia.
El estudio que desafió el prejuicio sobre la educación
El hallazgo de Bader no es un caso aislado. Se replica en estudios similares en Europa, América Latina y Asia. La educación formal, tal como se imparte mayoritariamente, no entrena sistemáticamente el pensamiento probabilístico aplicado a las propias creencias. Enseña contenidos y procedimientos, pero raramente enseña a dudar de las propias intuiciones.
Además, muchas de las creencias paranormales son sostenidas por personas perfectamente funcionales, exitosas en sus ámbitos profesionales y con plena capacidad de razonamiento abstracto. La inteligencia general no protege contra estos sesgos; en algunos casos, la mayor capacidad verbal puede incluso servir para construir argumentos más elaborados en defensa de creencias ya establecidas.
Esto nos dice algo importante: las creencias paranormales no son principalmente errores de razonamiento. Son respuestas a necesidades psicológicas profundas.
Los cinco factores psicológicos de la creencia paranormal
La investigación acumulada en psicología de la religión y psicología cognitiva apunta a cinco factores que, combinados en diferentes proporciones, predicen mejor la propensión a la creencia paranormal que el nivel educativo.
El primero es la necesidad de control. Los seres humanos toleramos mal la incertidumbre radical: necesitamos sentir que entendemos lo que ocurre y que podemos influir en ello. Los sistemas esotéricos ofrecen una estructura causal coherente donde de otro modo solo habría caos.
El segundo es la intolerancia a la ambigüedad. Las personas que necesitan cierre cognitivo —respuestas claras, categorías definidas, certezas— son más vulnerables a sistemas de creencias que ofrecen explicaciones completas. Paradójicamente, la angustia ante el "no sé" puede empujar hacia certezas menos fundamentadas que el "no sé".
El tercero son las experiencias disociativas. Las personas que reportan mayor frecuencia de experiencias de absorción, pensamiento intuitivo, o estados alterados de conciencia —incluso en sus formas cotidianas y completamente no patológicas— tienden a interpretar esas experiencias como contacto con algo que trasciende lo ordinario.
El cuarto es la preferencia por la intuición sobre el análisis. El psicólogo Seymour Epstein describió dos sistemas de procesamiento: el experiencial-intuitivo y el racional-analítico. No son excluyentes, pero las personas con fuerte preferencia por el primero tienden a confiar más en las "señales" del cuerpo y la emoción que en el razonamiento explícito.
El quinto son las experiencias traumáticas no integradas. La investigación de Kenneth Pargament sobre coping religioso y espiritual muestra que las personas que han atravesado pérdidas, enfermedades o traumas con alta incertidumbre de resultado son significativamente más propensas a desarrollar o intensificar creencias en fuerzas que actúan sobre sus vidas. No como debilidad, sino como recurso de supervivencia psicológica.
La autobiografía intelectual de Susan Blackmore
Pocos casos ilustran mejor la complejidad de este terreno que el de la psicóloga y escritora británica Susan Blackmore. En su libro In Search of the Light (1996), Blackmore narra cómo de joven, tras una experiencia extracorporal durante un viaje en LSD en Oxford, se convenció de que había prueba directa de fenómenos psíquicos y dedicó más de una década a investigar la percepción extrasensorial con metodología científica.
Al cabo de esos años —y tras no encontrar nunca evidencia replicable que resistiese los controles experimentales—, Blackmore cambió radicalmente de posición. No solo abandonó la creencia en lo paranormal: se convirtió en una de sus críticas más rigurosas y articuladas.
Lo que hace su caso valioso no es el desenlace escéptico, sino el proceso. Blackmore no cambió porque alguien la convenciese con argumentos; cambió porque ella misma diseñó experimentos con la intención honesta de encontrar aquello en lo que creía, y la evidencia no apareció. Esa disposición —creer con convicción y a la vez estar genuinamente dispuesto a que los hechos te corrijan— es exactamente lo que la investigación psicológica sugiere que marca la diferencia.
Una invitación a la honestidad intelectual
Entender los factores psicológicos detrás de la creencia paranormal no debería producir condescendencia hacia quienes creen ni tampoco hacia uno mismo si se reconoce en alguno de esos factores. Somos todos, en diferentes medidas, resultado de los mismos mecanismos cognitivos.
Lo que sí permite este conocimiento es una relación más honesta con las propias creencias: sostenerlas con menor rigidez, explorarlas con más curiosidad, y distinguir entre lo que una práctica esotérica hace por ti en términos psicológicos reales y lo que la narrativa literal de esa práctica afirma sobre el mundo.
La pregunta no es si creer o no creer. Es qué tipo de creyente quieres ser: uno que necesita que sus creencias sean literalmente ciertas para extraerles valor, o uno que puede usar el simbolismo, la metáfora y el ritual con plena conciencia de lo que son, y encontrarles aún así un significado genuino y propio.
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