Los sueños son, desde el punto de vista neurológico, uno de los estados más extraordinarios que puede producir el cerebro humano: durante la fase REM, el córtex activa patrones casi idénticos a los de la vigilia mientras el cuerpo permanece en parálisis. Entender qué es exactamente el REM, cómo se descubrió y por qué soñamos es entender algo fundamental sobre cómo funciona el cerebro.
El descubrimiento del REM: Chicago, 1953
El origen de la ciencia moderna del sueño tiene una fecha y un lugar precisos: la Universidad de Chicago, 1953. El investigador Nathaniel Kleitman —considerado el padre de la moderna investigación del sueño— y su colaborador Eugene Aserinsky estaban estudiando los patrones de sueño en bebés cuando observaron que los ojos de los bebés realizaban movimientos rápidos y coordinados en determinados momentos de la noche. Llamaron a este período REM, Rapid Eye Movement.
La hipótesis inicial era que estos movimientos oculares podían estar relacionados con la actividad mental durante el sueño. Para comprobarlo, despertaron a sujetos adultos en momentos de REM y en momentos de no-REM. Los resultados fueron contundentes: los despertados durante el REM reportaban sueños vívidos y narrativos con una frecuencia mucho mayor. William Dement, alumno de Kleitman que más tarde se convertiría en una figura central de la investigación del sueño en Stanford, ayudó a establecer esta relación de manera definitiva durante los años 1950 y 1960.
Las fases del sueño
El sueño no es un estado uniforme sino una arquitectura dinámica que se repite en ciclos de aproximadamente 90 minutos a lo largo de la noche:
- N1 (adormecimiento): la transición entre la vigilia y el sueño, que dura apenas 5-10 minutos. Es la fase de las contracciones hipnagógicas —ese sobresalto al quedarse dormido— y de las alucinaciones hipnagógicas breves.
- N2 (sueño ligero): ocupa aproximadamente el 50% del tiempo total de sueño. El cerebro produce husos del sueño y complejos K, patrones eléctricos que se cree ayudan a consolidar la memoria.
- N3 (sueño profundo o delta): el sueño de restauración física. Las ondas cerebrales son lentas y de gran amplitud. Es la fase más difícil de interrumpir y la que produce mayor sensación de desorientación si se interrumpe. Durante esta fase se libera la mayor parte de la hormona de crecimiento.
- REM: el estado de los sueños vívidos. Ocupa entre el 20 y el 25% del tiempo total de sueño, con períodos REM más largos hacia el final de la noche. El cerebro está en un estado de actividad casi idéntico al de la vigilia, pero los músculos del tronco y las extremidades quedan paralizados por la acción de la glicina, un neurotransmisor inhibidor. Esta parálisis es una salvaguarda evolutiva: impide que actuemos físicamente los contenidos del sueño.
Por qué soñamos: las tres hipótesis principales
La pregunta de por qué soñamos sigue abierta. Existen varias hipótesis con distinto grado de respaldo empírico:
- Consolidación de la memoria (Matthew Walker, popularizada en "Why We Sleep", 2017): durante el REM, el hipocampo "reproduce" y transfiere memorias recientes al neocórtex para almacenamiento a largo plazo. Esta hipótesis tiene respaldo experimental sólido en animales y humanos, aunque Walker ha sido criticado por investigadores del campo por exagerar algunas afirmaciones sobre las consecuencias de la privación del sueño.
- Simulación de amenazas (Antti Revonsuo, Universidad de Turku): los sueños serían un simulador evolutivo de situaciones peligrosas, diseñado para preparar al organismo ante amenazas. Esta hipótesis explicaría por qué estudios de contenido onírico muestran que aproximadamente el 65% de los sueños tiene contenido negativo o de amenaza.
- Teoría de activación-síntesis (J. Allan Hobson y Robert McCarley, Harvard, 1977): los sueños no tienen un contenido primario con significado; son la interpretación que el córtex hace de señales eléctricas aleatorias generadas por el tronco cerebral durante el REM. El cerebro construiría retrospectivamente una narrativa para dar sentido a esos impulsos. En este modelo, el contenido onírico sería una construcción posterior, no la señal primaria.
Lo que la ciencia todavía no sabe
La honestidad científica obliga a señalar que estas hipótesis no son mutuamente excluyentes, y que ninguna tiene el campo ganado. La crítica más documentada es la dirigida al libro de Matthew Walker: varios investigadores prominentes —entre ellos Alexey Guzey y algunos de sus propios colegas del campo— han señalado errores factuales, extrapolaciones excesivas y afirmaciones no respaldadas por los datos que él mismo cita. Esto no invalida la ciencia del sueño en general, sino que recuerda la importancia de distinguir entre los resultados experimentales y las narrativas divulgativas construidas sobre ellos.
La neurociencia del sueño es un campo activo y en revisión constante. Lo que sí parece claro es que el sueño —y el REM en particular— cumple funciones esenciales para el cerebro, que la privación sostenida tiene consecuencias reales y documentadas, y que los sueños son una ventana genuinamente fascinante al funcionamiento del cerebro que todavía no hemos terminado de entender.
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