En 1990, el psiquiatra Rick Strassman obtuvo la primera aprobación gubernamental en décadas para estudiar una sustancia psicodélica en humanos. Durante cinco años, en la Universidad de Nuevo México, administró dimetiltriptamina intravenosa —DMT— a sesenta voluntarios y documentó sus experiencias con rigor clínico. Los informes que recogió eran extraordinarios: encuentros con entidades inteligentes, geometrías hiperespaciales, una sensación aplastante de haber cruzado a un plano de realidad "más real que lo real". El libro que publicó en 2000, DMT: La molécula del espíritu, se convirtió en un texto de referencia en la intersección entre la neurociencia y la exploración espiritual.
Pero la hipótesis central de Strassman —que la glándula pineal produce DMT endógeno durante estados espirituales intensos, sueños, meditación profunda y especialmente en el momento de la muerte— es considerablemente más especulativa que sus datos clínicos. Separar lo que se sabe de lo que se supone es esencial para entender qué lugar ocupa realmente el DMT en la neurociencia de la experiencia espiritual.
Lo que está confirmado: el DMT existe en el cuerpo humano
La presencia de DMT en tejidos y fluidos humanos es un hecho establecido desde los años setenta. Se ha encontrado en sangre, orina, líquido cefalorraquídeo y tejido pulmonar. Un estudio de 2019 publicado en Scientific Reports por el grupo de Jimo Borjigin en la Universidad de Míchigan encontró incluso DMT en la corteza visual de ratas vivas, con niveles que en algunos momentos superaban a los de la serotonina. Esto amplió considerablemente la imagen: el DMT no es una rareza bioquímica exótica, sino aparentemente una molécula presente en el sistema nervioso central de los mamíferos.
Además, la enzima responsable de sintetizar DMT —la INMT (indoletamina N-metiltransferasa)— se ha identificado en el tejido cerebral humano. El mecanismo bioquímico para producir DMT en el cerebro existe.
Lo que sigue siendo especulativo: la glándula pineal y los estados espirituales
Aquí es donde la evidencia se vuelve mucho más delgada. La hipótesis de Strassman postulaba que la glándula pineal —ya cargada de simbolismo espiritual desde Descartes, que la llamó "el asiento del alma"— sintetizaba y liberaba DMT en cantidades significativas durante estados alterados de conciencia o en el momento de la muerte. Sin embargo, hasta la fecha no existe evidencia directa de que esto ocurra.
La glándula pineal es principalmente una glándula que produce melatonina para regular los ciclos de sueño. Tiene INMT, sí, pero no se ha demostrado que la concentración de DMT que podría producir sea suficiente para inducir los efectos que Strassman documentó en sus voluntarios, que recibían dosis intravenosas equivalentes a varios miligramos de golpe. Ningún estudio ha medido un pico de DMT endógeno durante la meditación, el sueño REM o estados perimortem en humanos que se aproxime a esas concentraciones.
El propio Strassman ha reconocido que la hipótesis pineal era extrapolación más que dato: una manera de conectar la bioquímica conocida con la experiencia fenomenológica reportada, no una afirmación establecida experimentalmente.
La experiencia fenomenológica, independiente de la hipótesis
Lo más interesante de los estudios de Strassman quizás no es la hipótesis pineal sino los propios informes de experiencia. Los sesenta voluntarios, sin excepción, describieron un umbral psíquico reconocible y consistente: la sensación de atravesar una membrana hacia otro espacio, entidades que comunicaban información, geometrías autotransformantes y un sentido de significado absoluto que la mayoría consideró la experiencia más importante de su vida.
Investigadores posteriores, como el grupo de Christopher Timmermann en el Imperial College de Londres, han continuado el trabajo con métodos más sofisticados: EEG de alta densidad durante experiencias con DMT mostrando patrones de actividad gamma inusualmente coherentes, y entrevistas estructuradas que revelan una consistencia notable en los arquetipos de las visiones entre personas de culturas distintas.
Que el DMT produzca estas experiencias cuando se administra externamente es un hecho replicado. Que lo produzca el propio cuerpo en dosis suficientes para provocarlas espontáneamente es la hipótesis no demostrada. La distancia entre ambas proposiciones es la diferencia entre la ciencia y la especulación inspirada, y vale la pena mantenerla clara precisamente porque el fenómeno subyacente —lo que describe la fenomenología del DMT— merece una investigación rigurosa por su propio peso.
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