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LA VERDAD DEL TAROT

 Se llamaba Ana y trabajaba en un programa de televisión de cámara oculta y estaba preparando un programa de televisión sobre videntes y tarotistas. El director del programa, un tipo prepotente al que sólo le preocupaban las audiencias les instaba, de peores maneras que las peores técnicas de programación mental, a que mintieran, transformaran, llevasen las conversaciones hasta el punto que ellos querían para crear la polémica.

 - No pasa nada - les decía – si hay que cortar y montar o si hay que tergiversar la realidad. Nuestro público quiere algo concreto y nosotros se lo damos. ¿El público quiere polémica? Pues polémica. ¿El público quiere escándalos? Pues escándalos. En este mundo sólo hay un dios y se llama share, adiencia, y ese dios es el único ante el que me arrodillo, el único al que rezo todas las noches. Las audiencias son beneficios publicitarios, y beneficios publicitarios son mi bolsillo lleno y mi deportivo en la puerta. Y vuestro contrato temporal, por supuesto.

  Ana se dejaba convencer por su director, sin darse cuenta de que parte del trabajo sucio era suyo, no de su superior. Apenas desenmascaraban a nadie, vivían de manipular y modificar la realidad al gusto, al interés. A pesar de su mísera nómina (que no llegaba a los mil euros) se sentía orgullosa de trabajar para una productora de televisión, y cada vez que conocía a alguien lo primero que decía era “Yo trabajo en la tele”, arrogantemente, dándoselas de algo. Su jefe era su ídolo, su modelo a seguir, y fantaseaba con ocupar su puesto. Las personas a las que les preparaban los montajes no le preocupaban lo más mínimo, eran carnaza, eran meros seres humanos que no tenían vida propia fuera del escándalo que se le avecinaba. Las consecuencias de sus actos no estaban medidas, recapacitadas. Si hay que hundir a alguien se hunde y punto, no hay más. Ley natural unos vencen, otros pierden. La televisión siempre gana.

  Marcó el teléfono de la vidente desde su teléfono móvil preparado para grabar la conversación. La excusa una consulta simple y banal, de la que ella pretendía sacar una cita personal con la famosa tarotista y grabarla con cámara oculta en su despacho, intentando que esta mintiese en algo, intentase timarla. Y si no lo intentaba, ya harían los técnicos que lo pareciese.

  Escuchó una información sobre precios y a los pocos segundos una voz femenina,

 - ¿En qué puedo ayudarle?

 - Pues mire, yo quería hablar con X.

 - Pues tienes suerte, normalmente es casi imposible poder hablar con ella, pero esta mañana la tengo libre. Te la paso. – Había visto a esa persona alguna vez en televisión, seria, impertérrita, sabiendo lo que decía. Pero eso a ella no le preocupaba, ella sólo quería hundirla. No lo reconocía, pero le daba rabia, profunda rabia, que la señora tuviera esa voz tan dulce, fuese aún ciertamente atractiva para su edad, fuese siempre tan bien vestida y enjoyada. Su trabajo en el fondo le permitía compensar sus carencias y sus rabias, hacer daño para sentirse mejor, para sentirse por encima del bien y el mal. - ¿Sí? Buenos días, ¿en qué te ayudo?

 - Pues mire, sra. X, querría que me miraras por el amor… - Los ojos se le iluminaron, te tengo, pensó, no hay nadie en mi vida. La vidente le preguntó por su fecha de nacimiento y la guió para que dirigiera el corte de la baraja del tarot.

 - Las cartas nunca mienten – suspiró – cielo, nunca. El tarot nos enseña, nos guía, nos avisa. Esa pregunta sabes perfectamente qué respuesta tiene. No buscas en el tarot verdades, buscas mentiras, Ana…

  Se quedó sorprendida, no podía ser, era imposible que la tarotista lo adivinase. Intentó excusarse,

 - No… no… yo quiero saber sobre el amor.

 - No, cielo, tú sólo quieres hacer daño, el tarot lo dice. Ya has hecho daño a muchas personas y hay quien te quiere mucho mal. Cuídate las espaldas, pues tu vida corre peligro por ello. Después de mañana todo lo verás a través de una nueva realidad. – Y colgó.

  Maldita vieja, pensó, qué se habrá creído. Fue a marcar de nuevo su número para quejarse del trato de la llamada, a intentar conseguir lo que andaba buscando. Entonces, en aquella cafetería entró Josep Minglanilles, un afamado cirujano estético al que hacía unas semanas ella misma había metido en un tremendo y polémico montaje, totalmente falso, por supuesto, y que al pobre Y le había costado su carrera, su fortuna, su familia… su vida. Se acerco hacia ella, y cuando ella ya se percató de quién era la persona que se le acercaba, éste sacó un machete de su americana y le asestó una puñalada en la cabeza… El mundo se borró de pronto.

  Abrió los ojos. No podía moverse, pero moviendo los ojos acertó a ver que estaba en un hospital. Enfrente de ella una televisión, se la dejaremos encendida siempre, pobrecilla, ya que trabajaba en un programa. Josep Minglanilles era un perfecto conocedor de la anatomía humana y había clavado la hoja del arma blanca de tal manera que afectase a las capacidades motoras de su cuerpo, al habla y al sueño. Ana estaba condenada hasta su muerte a permanecer viva pero sin poderse mover, sin poder hablar, sin poder dormir, sin poder hacer nada más que pensar y ver esa maldita televisión…

 Ana pagaría así sus culpas. La vidente no se había equivocado. Ana sí…

 Isidre Nosfer